27 oct 2020

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La actitud ante el cáncer del cofundador de Apple

La imposible autocuración de Steve Jobs

Antonio Sitges-Serra

A pesar de su talento, su figura encaja con el retrato de los consumidores de medicinas alternativas

Apesar de la lógica privacidad con la que los medios han tratado la enfermedad de Steve Jobs, una noticia que sin duda no habrá pasado desapercibida es la renuncia de Jobs a ser intervenido quirúrgicamente una vez le fue diagnosticado un cáncer. Todo indica que por entonces se encontraba en razonable buena forma cuando de modo casi accidental un escáner del abdomen reveló que padecía un tumor de la cabeza del páncreas que, por cierto, pertenecía a la variante endocrina, una de las menos agresivas de cáncer pancreático. La reacción inmediata de Jobs fue la de recurrir a la medicina alternativa y dar largas a los médicos convencionales. No fue hasta nueve meses más tarde, cuando un segundo escáner mostró que el tumor había crecido, cuando Jobs tomó la decisión de operarse.

El tratamiento por el que Jobs optó en un primer momento no ha sido revelado, pero probablemente consistió en una modificación de su dieta vegetariana. Se ha hablado también de extractos de cerdo, zumos, acupuntura, hierbas medicinales, incluso de la dieta González, un pupurri de enzimas pancreáticos, suplementos nutricionales y lavativas de café. Lo más interesante de esta historia es tratar de comprender el razonamiento que llevó al que fue aclamado como número uno de los ejecutivos norteamericanos a declinar la cirugía como primera opción ante un tumor con potencial maligno. No cabe duda de que Jobs creía firmemente en la autocuración. Según los blogs que comentan el caso, los altos ejecutivos de Apple quedaron aterrorizados ante tal actitud, así que se impusieron la ley del silencio.

La medicina basada en la curación por medios naturales (natural healing, self-healing) busca su fundamento en la supuesta capacidad del organismo para autocurarse gracias a dietas especiales, meditación o ejercicio y se encuentra muy en boga en Estados Unidos, el país con mayor liderazgo científico del mundo. En gran parte, esta moda se basa en el hecho de que aún se nos escapan muchas cosas sobre el origen y la evolución del cáncer y de otras múltiples enfermedades, y en que toleramos mal este vacío científico. Para llenarlo, lo ocupamos con creencias razonables, pero, en el fondo, irracionales y con nuestros modos de entender -o no entender- el dolor, la religión, la belleza, o nuestra integridad física. Sin duda, esta manera global de aproximarnos al tratamiento de nuestras enfermedades tiene su atractivo porque sobredimensiona nuestras capacidades de enfrentarnos a la adversidad. Es un recurso psicológico para enfrentarnos a diagnósticos graves y no descarto que incluso nos ayude en el plano estrictamente biológico, tal como argumentaba el emotivo e inteligente Goleman. Lamentablemente, las cosas no son tan simples y corremos el riesgo de hacernos más daño del que nos podemos llegar a imaginar. Que vayan con cuidado, pues, aquellos que confían en la autocuración y en métodos esotéricos para manejar su enfermedad: existe la posibilidad de autolesionarse grave e irreversiblemente.

Paradójicamente, la fe en la autocuración y en otras de las muchas alternativas existentes a la medicina científica goza de buena salud en los países desarrollados. Datos recientes obtenidos tanto en EEUU como en España muestran que, en contra de lo que pudiera pensarse, el consumo de medicinas con base no científica es particularmente elevado en adultos jóvenes y maduros (tanto mujeres como hombres), con estudios secundarios o universitarios y buena capacidad adquisitiva. En Europa, unos 100 millones de personas consumen sustancias no medicamentosas con propiedades supuestamente curativas. Es decir, que, a pesar de su excepcional intelecto, a pesar de su indudable talento creativo, Jobs encaja con el retrato robot de los consumidores de medicinas alternativas. Quizá Jobs supuso que su currículo y su inigualable prestación como líder le ponían a salvo de la vulgaridad como enfermo, y que sus méritos como emprendedor no solo le iban a servir para convertirlo en multimillonario, sino también para superar su cáncer, al que quiso imponer su propia regla: think different.

Como cirujano, me imagino el estupor con que Jeffrey Norton, líder de la cirugía endocrina internacional con quien he tenido el privilegio de compartir memorables sesiones científicas, recibió la negativa de Jobs a operarse. En casos como este, nuestra decepción como cirujanos es doble: por un lado, sabes que la evolución natural de la enfermedad solo puede llevar al desastre y, por otro, te duele que el paciente muestre sin pudor alguno un credo vulgar, pacato, ingenuo. Finalmente, Jeff acabó enviando una buena porción del páncreas de Jobs al laboratorio de anatomía patológica. Nunca sabremos si los nueve meses transcurridos entre el diagnóstico y la intervención alumbraron las metástasis en el hígado que finalmente acabarían con la vida del gurú informático. Pero de lo que no hay duda es de que, fuera el que fuese el tratamiento inicialmente escogido por Jobs, no le hizo ningún bien.

*Catedrático de Cirugía (UAB)