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La bonita historia de Brut, el perro perdido que ha estado cuatro meses en la perrera municipal de Barcelona y que sus propietarios han recuperado gracias a verlo por casualidad en unas imágenes de televisión, no es, por desgracia, representativa de los animales que quedan sin dueño en la ciudad. Porque la gran mayoría de ellos no huyen de sus dueños, sino que son estos los que se desprenden de las mascotas, muchas veces mediante el simple abandono. Un comportamiento que va a más y que está saturando los refugios de animales. Baste decir que en Barcelona y sus alrededores, según las asociaciones animalistas, hay unos 1.500 perros y 5.000 gatos a la espera de ser adoptados. Unas cifras desmesuradas.

En los últimos tiempos han aumentado mucho las personas que tienen animales de compañía, y eso es sin duda un buen síntoma del creciente respeto del género humano por las otras especies. Pero los abandonos revelan también que no siempre quienes optan por tener un animal en casa son consecuentes con las obligaciones que eso implica. Y en época de crisis y recorte de gastos familiares, prescindir del animal es una decisión recurrente con efectos más problemáticos cuanto más urbano es el entorno. La Administración debe paliar el problema, pero es imposible que pueda financiar refugios para todas las bestias que son abandonadas. Hace falta más responsabilidad personal y saber que una mascota no es juguete de usar y tirar.