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Rafael Perona: «Cuando eres un gitano de honor, la gente lo premia»

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Rafael Perona.

Rafael Perona. / ALBERT BERTRAN

Viste sombrero negro como sus ancestros, tratantes de ganado. Rafael Perona (Jaén, 1965) preside la asociación gitana de La Mina, un apéndice de Sant Adrià de Besòs amalgamado a finales de los años 60 como realojamiento de diversos núcleos chabolistas. Desde 1991 organiza el concurso de cante flamenco del barrio.

-Vivíamos en Andújar, un pueblo de Jaén, pero tuvimos que emigrar a Barcelona porque ya habían metido mucha maquinaria en la agricultura y lo del caballo ya no tiraba… Mi padre lo pasó fatal.

-¿Por qué?

-Entró a trabajar en una fábrica del Poblenou, en una cadena de montaje de ruedecitas, y sufrió un cambio tremendo. De la libertad absoluta del campo, a fichar a las seis de la mañana… Vinimos a dar en el Camp de la Bota.

-Sin alcantarillado.

-Recuerdo que a veces teníamos que levantarnos de madrugada, en medio de la tormenta, porque el viento se había llevado los tejados.

-Tiempos difíciles.

-Tengo sentimientos encontrados hacia esa época. Era dura pero había más unión y solidaridad entre los gitanos y se guardaban más los códigos del respeto. Se hacía una lumbre en la puerta de la barraca y se agolpaban los vecinos a explicarse historias de cuando todavía eran nómadas. Los niños escuchábamos con la boca abierta… La opción del barraquismo vertical permitió, por lo menos, dormir a cobijo cuando tronaba.

-No se moleste, pero veo que va en silla de ruedas… ¿Qué pasó?

-Una poliomielitis a los 16 meses. Entonces aún estábamos en el Camp de la Bota, mis padres no tenían trabajo ni dinero para coger un taxi hasta el Hospital Clínic. Estuve varios días en casa con fiebre sin ser tratado.

-Una faena.

-Desde la poca altura de mi silla, veo las cosas de otra manera. Quizá esto me ha dado la oportunidad de estudiar; hice hasta tercero en la Facultad de Derecho. Cuando yo iba al colegio, no había ascensores y los profesores o los compañeros me subían a pulso por las escaleras. Como me sabía mal pedirles que me bajaran para la media hora del recreo, me quedaba en la clase a leer. Devoraba libros.

-Dicen que es una persona muy querida en el barrio.

-Supongo que también tendré mis enemigos… Pero la verdad es que sí y con toda modestia digo que me satisface. Mi pueblo, cuando eres un gitano de honor y vas por un camino recto, la gente te lo premia. Tengo que conservar su confianza.

-¿Canta usted?

-Me gusta, pero del flamenco no vive el hombre. Es una vida que se vive de noche y yo tengo una familia. Siempre me ha interesado y he hecho mis cositas. Con el concurso de cante quisimos buscar un referente, algo que tuviera repercusión mediática. Porque en los medios de comunicación, cuando hacían referencia a La Mina, siempre salía lo que salía.

-Hablemos del barrio de la Mina y del Fòrum.

-Yo estoy contento porque el tren de los Juegos Olímpicos pasó de largo y no lo pudimos coger. Lo del Fòrum tengo claro que fue una especulación urbanística, pero si al barrio le ha servido para que hagan un pequeño apeadero donde el tren se detiene, bienvenido sea. A partir de entonces, el alcalde, Sito Canga, tiene un empeño especial en que La Mina funcione.

-¿Qué le falta al barrio?

-La mayoría de la gente se busca la vida con la venta ambulante y hay un índice de paro altísimo. Para nosotros, la crisis ha sido como una partida de bolos: los débiles caen primero. A la asociación nos está llegando un volumen tremendo de personas que no han podido hacer frente a las hipotecas.

-¿Población inmigrante?

-Hay muy poca. Algún grupo de paquistanís y menos latinos.

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-¿Qué le parece lo que sucede en Badalona con los gitanos rumanos?

-Todo el mundo tiene derecho a vivir donde quiera y a trabajar dentro de la legalidad. Pero si llega inmigración con connotaciones de marginalidad a un barrio periférico y duro como Sant Roc, donde la exclusión social todavía es un riesgo, el resultado es una bomba. Tiene que haber un seguimiento muy escrupuloso por parte de la Administración.