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Gente corriente

Elías Barenys: «Me dice Blume: 'Barenys, tienes un pie en el avión'»

Mauricio Bernal

Elías Barenys regenta un pequeño gimnasio en Barcelona: el Club Esportiu Barenys. A primera vista tiene el aspecto de cualquier gimnasio de barrio, hay colchonetas por el suelo y máquinas para levantar peso repartidas por todo el sitio, pero entonces se topa uno con unas anillas de gimnasia, y se acerca, y resulta que las anillas son viejas, casi de museo. Y uno pregunta, y resulta que eran las anillas de Joaquín Blume.

-Pero este es un gimnasio de judo, ¿no?

-Sí, pero el judo vino después. El deporte que practicaba de joven era la gimnasia, y por eso fui amigo de Joaquín. Agim, le decíamos. Era un apodo cariñoso. Estaba relacionado con su origen, con sus raíces alemanas.

-¿Me explica, en concreto, cómo fue que...?

-Es muy sencillo. A Joaquín lo conocí en el gimnasio. El Gimnasio Armando Blume. Armando era el padre de él, y allí entrenaba Joaquín, que tenía cuatro años más que yo, o sea, en aquella época, 18. Entonces ya era campeón de España, era muy famoso y el gimnasio también, así que si tú vivías en Barcelona y querías hacer gimnasia artística, ese era el lugar al que tenías que ir. Yo practicaba mucho, pero fue al volver de la mili que entré en el equipo del gimnasio. Y fue ahí que nos hicimos amigos.

-¿Muy amigos?

-Muy amigos.

-Pues le tuvo que afectar mucho. Su muerte, quiero decir.

-Mucho... Mucho, sí. Mucho. Aunque podría haber muerto con él.

-Eso he leído. Supongo que esto lo ha contado mil veces, pero ¿le importaría hacerlo de nuevo?

-No, por supuesto. Como usted sabe, Blume se proclamó campeón de Europa en 1957, lo cual definitivamente lo convirtió en un ídolo. Lo empezaron a llamar de todas partes para que hiciera exhibiciones, pero no iba solo, íbamos todos, el equipo completo, que éramos 10 o 12. Casi siempre eran salidas en autocar y casi siempre por Catalunya, pero esa vez era una exhibición en Canarias, y en avión, claro. Un viaje estupendo, un lujo. Un viaje tan bueno que hasta su mujer decidió apuntarse.

-María José Bonet.

-Sí. Como aparte de él solo podían ir tres gimnastas, él escogió a los tres mejores. Y a todos nos pareció bien. Eran Renato Müller, José Aguilar y Ángel Luna. Pero pasó algo, y fue que Luna, que estudiaba Bellas Artes y estaba muy concentrado en esa época en sus estudios, y que apenas había entrenado últimamente, muy honestamente llegó un día y dijo: «Yo no me merezco este viaje, porque yo no he entrenado». Total, que la plaza quedó vacante. Detrás de esos tres todos teníamos más o menos el mismo nivel, así que lo que hizo Joaquín fue organizar unas pruebas para decidir quién la ocupaba. ¿Sabe cuál fue una de las últimas cosas que me dijo?

-Cuénteme.

-Me dijo esto: «Barenys, vas primero. Tienes un pie en el avión».

-Vaya. ¿Y qué pasó?

-Pues que yo le dije: «Mira, Agim, queda la barra fija, y no sé, no me preguntes por qué, tengo la impresión de que me voy a caer. Hay un movimiento que me falla». Y así fue: me caí, quedé tercero y la plaza fue para Raúl Pajares. Eso fue un día antes del viaje. Un día antes del accidente.

-Del que se cumplieron 50 años hace dos, ¿no? En el 2009.

-Sí. De hecho estuve allí, en el Pico del Telégrafo, donde se produjo el accidente. Me acuerdo que llamé a Luna, a Ángel, y le dije: «Oye, vamos allí. Hablemos con la gente, alquilemos un autocar y nos vamos allí».

-A rendirle homenaje.

-Exacto. Claro que al final no hubo autocar ni nada, fuimos unos pocos, seis de los antiguos compañeros de Blume con nuestras respectivas mujeres. En dos coches cupimos todos. Lo que pasó fue que mientras hacíamos los preparativos nos enteramos de que existía algo llamado la Marcha Blume, que es un acto que organiza todos los años el Ayuntamiento de Huerta del Marquesado, donde está el Pico del Telégrafo, en Cuenca, y que es un peregrinaje hasta el lugar del accidente, donde hay un monolito en recuerdo de los muertos. Entonces claro, la hicimos, la Marcha Blume. Llegamos hasta arriba. Había muchas personas, 300 o 500, no sé, pero para mí era una cosa personal. Un homenaje mío a Joaquín.

-Se acaba el espacio. Hábleme de las anillas. Cómo llegaron aquí.

-Sí, bueno, resulta que cuando el padre de Joaquín murió, su yerno se hizo cargo del gimnasio. Pero al final tuvo que cerrarlo. Un día nos llamó, a los antiguos compañeros, y nos dijo: «Llévense lo que les haga más gracia». Y aquí están.