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Achacar a una sequía de proporciones bíblicas la hambruna que asola el Cuerno de África es del todo insuficiente. Debilidades estructurales que se arrastran desde los días de la descolonización, el crecimiento demográfico, la especulación con los alimentos, la corrupción y la venalidad de las autoridades allí donde las hay y la desaparición del Estado en Somalia, sustituido por partidas armadas que controlan porciones de territorio, pesan tanto o más que la ausencia de lluvias. De forma que aunque ahora se moviliza la comunidad internacional para suturar la herida y evitar una mortandad masiva, es de temer que en el próximo periodo de sequía se repita la tragedia con las mismas dimensiones o aún peores.

Los precedentes inducen a pensar en estos términos y a descartar el optimismo. En los años 80, las hambrunas inducidas en Etiopía por una dictadura ineficaz y doctrinaria, la de Mengistu Haile Mariam, llevaron a muchos expertos a pronosticar sucesivas crisis de subsistencia si no se actuaba con sentido de futuro. De entonces a ahora se han multiplicado las situaciones de excepcionalidad, siempre con datos idénticos sobre la mesa, sin que, por lo demás, se haya corregido ninguna de las muchas causas que hoy condenan a la plaga del hambre a diez millones de seres humanos. Y, además, se han sumado al problema algunos ingredientes nuevos como la utilización de varios productos de la cadena alimentaria para otros fines, el aumento de la demanda en las economías emergentes y la competencia del sector agroalimentario de los países occidentales, todo lo cual ha disparado los precios. De tal manera que el tránsito de una economía de subsistencia a otra de rentas se pospone generación tras generación sin señales de cambio.

¿Es posible resolver el crucigrama? Hace falta que se den la voluntad política y las condiciones sobre el terreno para llenar todas las casillas. De momento, no se vislumbra tal situación, sino otra muy distinta en la que se fía todo a los programas asistenciales y la movilización de los sentimientos. Mecanismos efectivos a corto plazo para evitar lo peor, pero históricamente ineficaces para liquidar para siempre el problema. Lo saben perfectamente las víctimas de esta lógica perversa.