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No han faltado voces en los últimos meses animando a Bankia a que retrasara su salida a bolsa, dado que tenía tiempo hasta el 2012. La idea era esperar a que la coyuntura cambiara y evitar que el mercado castigara la valoración del banco, recurriendo mientras tanto al apoyo del FROB. El equipo de Rodrigo Rato ha preferido tirarse a la piscina acelerando así el proceso de reconversión de las cajas.

El primer día de cotización, en el que se daban un cúmulo de circunstancias que el propio Rato definió como «tormenta perfecta», fue difícil. El valor llegó a registrar pérdidas superiores al 6%, aunque terminó cerrando al mismo precio de salida. Los bancos colocadores intervinieron para evitar que la especulación hiciera mella en los títulos recién estrenados. Las turbulencias del mercado y el hecho de ser un nuevo valor dibujaban un escenario propicio para que algunos de los inversores que no han entrado en la OPV intentaran abaratar los precios para comprar mejor. La ley permite que quienes han pilotado la salida a bolsa puedan comprar y vender durante el primer mes para proteger a los pequeños ahorradores de los tiburones.

Otra cosa es el efecto de la capitalización de Bankia, que ya salió al 40% de su valor en libros, en el resto de las cajas. Un nuevo abaratamiento puede suponer que, sin comerlo ni beberlo, la aportación prevista del FROB convierta al Estado en el primer accionista de alguno de los nuevos bancos.