09 ago 2020

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Editorial

La Barcelona vertical

La arquitectura de una ciudad, como su urbanismo, es la cara más visible para sus ciudadanos y sus visitantes. Es lógico que quienes las gobiernan, e incluso los patricios locales, tengan interés en contribuir a su embellecimiento, como ha pasado a lo largo de la historia en todas las ciudades del mundo. En Barcelona no deberíamos rasgarnos las vestiduras por algunos de los excesos cometidos, testigos incómodos de cada época que reflejan la cultura, los sentimientos y los avatares -económicos, políticos, sociales- del momento.

La capital catalana presume de buenas muestras de un modernismo de gran éxito popular y artístico, pero que no esconden lo que cuando se levantaron pudo parecer como una exhibición de poderío, de escaso gusto, de sus promotores. Solo hay que imaginarse el efecto que en su día debió causar en el entorno más de uno de los enormes y llamativos inmuebles que hoy veneramos como obras de arte y consideramos tan representativos de la ciudad.

Quizá esa gran herencia explica la afición por la arquitectura de todos los responsables municipales barceloneses desde la restauración de la democracia. Un interés que probablemente les llevó a inclinarse por las estrellas del momento, bazas seguras en su deseo de conseguir nuevos iconos internacionales. Un pecado al que la crisis económica ha puesto fin porque esos proyectos llevaban aparejados unos presupuestos extraordinarios.