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La desorientación de la izquierda europea

Los últimos músicos del 'Titanic'

Carlos Carnicero Urabayen

Hubo demasiadas cautelas a la hora de afirmar la necesidad de imponer lo público sobre lo privado

Alguien dijo en la conferencia que reunió hace unos días a los socialdemócratas europeos en Barcelona que la situación por la que atraviesan en Europa recuerda a la de los músicos que siguieron tocando en la cubierta del más célebre transatlántico hasta que las corrientes marinas ahogaron sus melodías. Para la izquierda socialdemócrata, la crisis que sufre Europa ha pasado de ser una oportunidad para reactivar su proyecto a una especie de iceberg insalvable, ante el que solo resisten cuatro gobiernos progresistas en toda la Unión Europea. ¿Qué dificultades, aparentemente insalvables, padece el enfermo?

A pesar de la decisiva intervención de los estados para evitar el colapso de la economía mundial, asistimos al declive de lo público. Como ha dicho gráficamente Josep Borrell, «estamos volviendo al antiguo régimen, con un puñado de personas que tienen todo el dinero y casi todo el poder… y con un Estado pobre y debilitado». Esta regresión está produciendo desconcierto e impotencia en la izquierda y, como ha quedado claro desde el 15-M, gran indignación en la sociedad.

Los indignados aportan buenas claves sobre el declive de la izquierda y el camino para su recuperación. El 15-M ha emergido al calor de un pulso, el que libran los gobiernos democráticos de Europa contra los difusos mercados globales. Ante la debilidad de los primeros, que se muestran incapaces de meter en cintura a los segundos, los ciudadanos han comenzado un proceso de alejamiento de sus representantes que ha tomado forma de protesta; la mayor parte de las veces civilizada y propositiva.

Su fuerza debe ser medida no tanto por los que han acampado en las plazas -ya de por sí numerosos-, sino por la simpatía y amplio apoyo del que gozan en la sociedad. Su leitmotiv podría resumirse en lo siguiente: reclaman un reparto justo de los costes de la crisis. O sea que los pocos -pero poderosos- que la causaron (fundamentalmente los bancos y el sector financiero) también arrimen el hombro para salir de la crisis, como desde luego lo están haciendo los trabajadores, desempleados, funcionarios y jubilados.

Pero ¿por qué los indignados lo están más con los gobiernos de izquierda, como ocurre en España? Las tenebrosas agencias de calificación, los mercados -apuntalados por sus particulares misiles Tomahawk, las asfixiantes primas de riesgo- han impuesto la hoja de ruta de la austeridad y los recortes sociales en Europa, con el patrocinio indispensable de la cancillera alemana, Angela Merkel. Y ante esta ola conservadora, la izquierda, allá donde ha estado en el Gobierno, no ha sabido o no ha podido plantarse ni ha sido capaz de presentar una alternativa. Quizá ha sido esta falta de reflejos la última herencia de la errática Tercera Vía: demasiadas cautelas a la hora de formular medidas rotundas que afirmen la necesidad de imponer lo público sobre lo privado.

La buena noticia para los músicos del Titanic es que el movimiento plural de los indignados, además de ser una manifestación de su decadencia, es también su mejor oportunidad para reflotarse. Es verdad que miran con sospecha a la socialdemocracia, pero también es cierto que muchos de ellos saben que hoy es la única formación con posibilidades de desarrollar en el Gobierno sus reivindicaciones.

Pero ¿por dónde empezar? Por un discurso paneuropeo que reivindique una agenda progresista alternativa a la actualmente -y muy contestada- imperante en Europa. Los discursos en clave nacional están siendo letales para la izquierda.

Cualquier vocación actual de vertebrar con ideas progresistas la sociedad solo puede formularse y llevarse a cabo a escala europea. Sin embargo, los liderazgos nacionales, de izquierdas y de derechas, articulan sus discursos en clave nacional. Y es en este terreno en el que la derecha y los populismos toman ventaja.

La tasa Tobin, rebautizada ahora como la tasa Robin Hood, es un buen ejemplo. La tasa avanza con paso firme y aunque el triunfo de su aplicación no sería por sí mismo la solución para la enfermedad socialdemócrata, sí lanzaría un poderoso mensaje a la sociedad-indignados incluidos- de que el sector financiero paga por la crisis que ha creado. Pues bien, a pesar de la buena campaña realizada por el Partido Socialista Europeo y el Global Progressive Forum, los líderes socialdemócratas nacionales no han mostrado el suficiente entusiasmo por la propuesta.

Por último, las fuerzas de izquierda deben también apoyar e impulsar decididamente los pasos hacia un gobierno económico europeo, tapando las vías de escape del diseño del euro. Es esta la única manera de fortalecer lo público frente a lo privado para que los gobiernos ganen su pulso con los mercados. La pelota está, pues, en el lado de los músicos del Titanic: ¡adapten sus partituras, reciclen la sinfonía de la Tercera Vía e incorporen a nuevos intérpretes! Y, sobre todo, no dejen que el barco se hunda: ¡viren a babor, por favor!

Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics.

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