La rueda

Cuando la patria es Europa

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Era el mes de febrero, pleno verano en Australia. Debido a un optimismo que, como todo en la juventud, no tenía límites ni fronteras, salí a buscar una lavandería y conocer la vecindad. Una hora más tarde, la temperatura en Perth había subido a 30 grados y la bolsa de ropa sucia me destrozaba el hombro. Varios kilómetros después encontré la lavandería. Formaba parte, junto con el súper, la peluquería y el pub, del centro comercial más triste del hemisferio sur. Con la ropa girando en la cuba, pensé que había llegado el momento del café, pero en el único bar a la vista solo servían cervezas calientes acompañadas de cacahuetes.

En ese momento supe que aquel próspero país no era el mío. Para pasar el rato y esperar que se acabara la colada, entré en la peluquería. Mientras me dejaban el pelo a logarçonaustraliano, empecé a añorarlo todo: laquichede lasbrasseriesfrancesas; las meriendas de la calle de Petrixol de Barcelona; la vista del Tajo a su paso por Lisboa… Añoraba cualquier ciudad. Cualquier ciudad europea.

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Hace poco, tras la muerte deJorge Semprún, releíFederico Sánchez se despide de ustedes,libro en el que relata su enfrentamiento conAlfonso Guerray los años como ministro de Cultura deFelipe González.El escritor era, según se definía, un apátrida. Su patria, decía, no era ni siquiera la lengua, era el lenguaje. Hablando del sentimiento de pertenencia, explicaba: «Póngase al alcance de un paseo algunos cafés, un río, librerías, un museo y todo está resuelto: estoy en casa».

Esa Europa deSemprúnes también la mía. Y, aunque creo que ha de mejorar la productividad y cambiar viejas normas, me parece una desfachatez que las agencias derating,las que calificaron a Lehman Brothers con una triple A justo antes de su quiebra, rebajen la deuda de Portugal al nivel del bono basura. Hemos de oponernos al nuevo oligopolio de especuladores que quiere hundir el euro. No pueden quebrar Europa.