La rueda

El gran chiringuito de Teddy

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Cuatro tablas, una mano de pintura y cinco mesas sobre la arena. No necesitaban más para abrir el negocio. Hacían la paella como nadie y, al no pagar impuestos, cobraban muy poco. Eso era para la mayoría de nosotros un chiringuito: un bar pequeño montado de un día para otro y con el que, gracias a los primeros turistas, sus dueños se ganaban la vida. A la vez que desaparecieron las dunas, se cerraron aquellos entrañables chiringuitos.

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Me ha extrañado que la Real Academia Española (RAE) defina al chiringuito de manera muy aséptica: «Quiosco o puesto de bebidas al aire libre». Una definición insuficiente para esa cada día menos bienintencionada palabra. La diferencia entre bar y chiringuito era lo provisional, tantas veces ilegal y beneficioso, del segundo. Es en ese sentido, el de montarse un chollo, que utilizamos ahora dicho nombre común. Tenemos el famoso chiringuito financiero, el que empieza con la pirámide y acaba con el banquero en paradero desconocido. O el inmobiliario, que te deja con el piso a medio construir.

Y ahí está esa enorme máquina llamada SGAE, que cobra hasta por la música oída en peluquerías y conciertos benéficos. Gracias a las cuotas indiscriminadas y abusivas, según algunos tribunales, facturadas a hoteles, televisiones, ayuntamientos o radios, la SGAE ingresa unos 350 millones de euros al año. Pero algo se torció definitivamente en el 2008 al aprobarse el canon digital, el que se aplica a cualquier soporte digital, aunque no almacene ni reproduzca música. Los internautas se rebelaron, a la vez que crecían los recelos sobre la Sociedad de Autores, una empresa sin ánimo de lucro de la que, sin embargo, cuelga un extraño entramado de sociedades limitadas.Teddy Bautista,que lleva allí unos 30 años, y varios de sus directivos han sido imputados por apropiación indebida y desvío de fondos. La legítima defensa del derecho de autor huele a chiringuito.