La rueda

Sobre el fin de la sexta hora educativa

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Si hay un asunto que aún me desconcierta, es el desdeño con que los sindicatos de maestros, particularmente la mayoritaria USTEC, trataron el asunto de la sexta hora en la escuela pública de primaria. Su introducción supuso un esfuerzo inversor muy sustancial en la contratación de más profesorado, y equiparó el modelo público al concertado, lo que no es menor en un momento donde las clases medias, ante ciertos miedos, valoran más la selección del alumnado que la mezcla. La medida se descalificó con argumentos pedagógicos rousseaunianos, sobre la idea de que con cinco horas lectivas diarias basta para el aprendizaje, y esgrimiendo ciertos inconvenientes organizativos, que la realidad demostró exagerados. Tras cuatro años los beneficios de la sexta hora empezaban ya a notarse, como muestra la mejora en este curso de los resultados en la prueba de sexto de primaria en lenguas y matemáticas.

Su supresión ahora, como criterio general en los centros públicos, es un paso atrás. Aquellos que antes maltrataron la sexta hora desde la rigidez ideológica, como la portavoz sindicalRosa Cañadell,ahora se suman a las críticas, pero con su actitud anterior no ayudaron a consolidar lo que era un avance para la escuela pública. Por su parte, laconselleraIrene Rigau, al tiempo que anuncia los recortes, distrae la atención con debates fantasmas y es hábil seduciendo a los sindicatos; procede del sector educativo y habla su mismo lenguaje. Además lo tiene fácil: su predecesor en el cargo,Ernest Maragall, acabó enfadado con todos; torpemente, porque el tripartito invirtió muchísimo en educación. Y es que nunca entendí por quéJosé Montillalo nombró consellercuando tenía a mano a alguien de prestigio como Joan Manuel del Pozo. En honor deMontillahay que decir que ha sido el único socialista en dimitir como diputado tras el batacazo de las autonómicas, mientras ni uno solo de susexconsellersen el Parlament, empezando porMaragall,se ha dado todavía por aludido.