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Los efectos de la ley ómnibus

Artur y los 134 diputados valientes

Jaume Subirana

El Govern se dispone a poner fin a la histórica autonomía de la Institució de les Lletres Catalanes

Incluso un observador desapasionado deberá admitir que la Institució de les Lletres Catalanes (ILC) tiene una relación tirando a dramática con los autobuses. Si una mañana de enero de 1939 sus responsables y empleados huyeron al exilio a bordo del bibliobús de la Generalitat de Catalunya (un servicio gestionado por la institución), ahora parece que será un ómnibus (el nombre de batalla de la ley de leyes que prepara el Govern de Artur Mas) el que se llevará la institución, en este caso al limbo de un despachito del Departament de Cultura reordenado.

La ILC, creada por el Govern de Lluís Companys en el otoño de 1937, fue uno de los organismos más activos y reconocidos de la Generalitat republicana. En 1987, un acuerdo entre las asociaciones de escritores y el Parlament volvió a establecerla como entidad autónoma con la función de promocionar y difundir la creación literaria en lengua catalana. Punto de encuentro de Administración y sector. Pero el debate sobre qué deben promover y qué deben dejar tal cual los gobiernos es tan antiguo como ir a pie, y cuando llegamos a los intangibles el asunto se complica...

Un excelente escritor no catalán que ha elegido el catalán como vehículo de expresión (aún se dan estas paradojas) me recordaba el otro día que CDC nunca ha sabido muy bien qué hacer con la cultura y el PSC nunca ha sabido muy bien qué hacer con la lengua: ahora que en la conselleria y el Parlament parece que pueden sumarse ambas pericias estaremos en el momento histórico idóneo para dar un paso adelante y olvidarnos de las iniciativas públicas que combinan lengua y cultura. Como la ILC. ¿Por qué, en un país como Catalunya, en el que lengua y literatura, como todo el mundo sabe, no han tenido ni tienen ninguna importancia, tiene que haber una ILC? ¿Quizá tenemos un Instituto de Estudios Antárticos? ¿A que no? Pues si no tenemos glaciares y pensamos que arte y lengua se autorregulan, optemos por ser normales como no sé muy bien quién y no se hable más.

Que no tiemble la espada.

La apuesta del Govern es valiente y arriesgada. Precisamente por eso necesitará ayuda: en las próximas semanas será básico el apoyo de los 134 parlamentarios que, junto con Artur Mas, y siguiendo el previsible entusiasmo de Albert Rivera, adalid de la desregulación lingüística, tendrán que votar la ley ómnibus. ¡Que no se dejen influir, por favor! Los sentimentales de siempre evocarán la larga historia de la institución y citarán nombres como Carles Pi Sunyer, Josep Pous i Pagès, Carles Riba, Pompeu Fabra, Lluís Nicolau d'Olwer, Jordi Rubió, Joan Oliver, Francesc Trabal, C. A. Jordana, Anna Murià, Mercè Rodoreda, Jordi Sarsanedas, Feliu Formosa, M. Antònia Oliver, Josep M. Benet i Jornet, Josep M. Castellet, Francesc Parcerisas. ¡Que el talento no reblandezca a nuestros parlamentarios! Los críticos les dirán que la ILC es uno de los pocos espacios de encuentro con la Administración del mundo de la creación y las letras. Tendrán que escuchar los razonamientos sibilinos de quienes no querrán entender qué tiene que ver la literatura con una «ley de simplificación, de agilidad y reestructuración administrativa y de promoción de la actividad económica» (ni cómo puede ser que la misma ley autorice las carreras de motos en espacios naturales protegidos y despenalice la captura de jilgueros).

No desfallezcáis, parlamentarios, no les escuchéis: liquidar la institución poco antes de cumplir 75 años es un buen gesto simbólico. Sin duda ayudará a que resurja la actividad económica en un país donde las entidades y los programas de promoción de la lectura perjudican la industria editorial. ¡No os tiemble el pulso! Os hablarán de visitas de escritores a las escuelas, de una base de datos única, de festivales de poesía con un presupuesto mínimo...

¡Nada! Blandid sin miedo la Excálibur del adelgazamiento y la reactivación sin debilidades socialdemócratas, sin lágrimas nacionalistas. Abajo la Institució. El peso de la historia y la voz de la sociedad civil ya han hecho demasiado daño en nuestro país. Ha hecho falta una guerra, una dictadura, una transición y varios gobiernos en democracia para que la Administración catalana llegue a la conclusión de que ya no tiene sentido articularse con nadie, ni promover institucionalmente la literatura propia; para que la Generalitat entienda que es mucho mejor dejar que los artistas vuelen solos sin protecciones innecesarias, como los jilgueros.

Cercenemos pues, sin dudar, la Institució. Pero hagámoslo de verdad, echando el cerrojo, sin medias tintas oficialistas: así los escritores y lectores no tendremos que sufrir un fantasma con su nombre, y quizá podremos refundarla desde la sociedad civil cuando la echemos de menos. Puede tal vez que invitemos a una futura Administración que valore diálogo y patrimonio y que haya recuperado el sentido de Estado. Si un país es una cultura, la ley ómnibus es la oportunidad perfecta para despejar el panorama liberando un organismo que en otoño de 1938, con motivo de la Exposició del Llibre Català organizada en Londres, hizo escribir a la prensa: «Entidades como la Institució de les Lletres Catalanes honran por sí solas a un país y un Gobierno». Escritor y exdirector de la ILC.

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