La concentración de los indignados

Felip, la hemos liado

La única acción violenta en la acampada de la plaza de Catalunya la provocaron los propios Mossos

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Felip, la hemos liado

LEONARD BEARD

Los Mossos actuaron el pasado viernes con una violencia brutal y desproporcionada en la operación delimpiezaque llevaron a cabo en la plaza de Catalunya. La pregunta que hay que hacerse es obvia: ¿por qué los cuerpos de seguridad se ensañaron con unos centenares de jóvenes desarmados y sentados en el suelo que a lo largo de dos semanas de movilización no han protagonizado ni un solo acto violento?

Tras haber seguido la acampada desde el primer día y presenciar los hechos del viernes en directo, mi respuesta es la siguiente: o bien los servicios de información de los Mossos fallaron de forma estrepitosa a la hora de comunicar el verdadero sentir de los indignados o bien sus responsables políticos se dejaron llevar por los prejuicios que pintaban a aquellos como una pandilla de antisistema dispuestos a arremeter contra el primero que se plantara ante ellos.

Si el 'conseller' de Interior,Felip Puig, y los responsables de los Mossos d'Esquadra hubieran aguzado el oído ante lo que se decía en las asambleas y las comisiones de los indignados -las reuniones son públicas y en la misma plaza hay una comisaría-, habrían llegado a la conclusión de que para conseguir su objetivo de limpiar o desalojar la plaza era mejor evitar el uso de la fuerza. Los acampados sabían que su única arma era la actuación pacífica. En las reuniones, repetían hasta la extenuación las consignas a seguir en caso de que se presentara la policía: resistencia pasiva, sentarse todos juntos, llevar el DNI encima y pedir a los agentes su número de identificación.

Fue un error pensar que los acampados eran unos radicales descerebrados que reaccionarían con el hígado cuando la policía se presentase. Lo que predomina entre ellos es una mayoría de jóvenes universitarios sobradamente preparados. Ante lo que ellos ven como provocaciones, no solo policiales, siempre han actuado con suma cautela, evitando dejarse llevar por las pasiones. De este modo, se han salido con la suya ante los que ven como enemigo externo -las fuerzas de seguridad, la Junta Electoral Central y la clase política-, pero

también luchando contra quienes los amenazan desde dentro. Así, han conseguido acallar a los elementos radicales de inspiración anarquista que desde el principio se han infiltrado en la acampada pregonando de forma anónima el recurso a «varios caminos de lucha» sin excluir de forma explícita la violencia.

El viernes se produjo un choque frontal entre dos percepciones de la realidad opuestas. Por una parte, tres centenares de mossos y agentes de la Guardia Urbana que, como si fueran a enfrentarse a una banda de terroristas, se presentaron en la plaza de Catalunya equipados con casco, chalecos de protección, porras, fusiles para disparar pelotas de goma, un helicóptero y toda la parafernalia que requieren los casos de gravedad extrema. Ante ellos había un colectivo de personas unidas por una fuerte convicción en lo que hacían y que, después de unos días de convivencia, se habían conjurado para evitar caer en todo tipo de provocación, viniera esta de donde viniera.

Segundo error. Obviar la capacidad de movilización de los acampados. Gracias a las redes sociales, las 250 personas que pasaron la noche del jueves en la plaza se habían multiplicado por 10 apenas tres horas después de la llegada de los mossos. Yo llegué hacia las diez, con el ánimo de ver lo que ocurría propio de los periodistas. Y lo que vi fue violencia gratuita por parte de algunos agentes y un grado de nerviosismo impropio de un cuerpo de policía moderno. «¿Tú has visto que los acampados hicieran algo contra los Mossos?», le pregunté a un veterano reportero que estaba allí desde primera hora. «No, nada». Yo tampoco.

El resultado de la operación delimpiezaes bien conocido: 121 heridos -37 de ellos, agentes- y una imagen pésima de nuestra policía transmitida casi en directo a los medios de comunicación de todo el mundo. Unos esperaban educadas peticiones del DNI y aparecieron las porras. Otros esperaban enfrentarse a violentos y se encontraron cuerpos quietos y desarmados que se cubrían la cabeza con las manos. Tras dos semanas de acampada produce una gran sorpresa constatar que la única acción violenta que se ha producido en la plaza es la que provocaron los propios Mossos.

Felip Puig hizo el lunes un complicado juego de palabras para corregirse sin dar ni un paso atrás. Por una parte, dijo que en la operación policial no falló nada y que no se arrepentía de ninguna de las decisiones que había tomado, y por otra lamentó «muchísimo» que se hubieran producido víctimas y pidió disculpas.Puigaclaró enseguida que no se disculpaba por la actuación policial, sino «por las imágenes» que habían difundido los medios de comunicación y los afectados.

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«¡La hemos liado!», exclamóXavier Triasal poco de saber que será el próximo alcalde de Barcelona. La hemos liado, debería reconocerFelip Puigcuando repase toda la información de lo que pasó el viernes en la plaza. Y más valdrá que pronto empiece a reconocer errores públicamente. Sobre todo a la vista de que el panorama que tenemos por delante es territorio abonado para la aparición de otros colectivos de indignados.

Periodista.