El epílogo

El bate de Felip Puig

1
Se lee en minutos

El pasado 13 de mayo, el flamanteconsellerde Interior,Felip Puig, tuvo la ocurrencia de dejarse fotografiar en un acto político en Vic con un bate de béisbol al hombro. Se lo acababan de regalar los militantes de la Joventut Nacionalista de Catalunya de Osona, en un guiño al programa de TV-3Polònia, cuya parodia delconsellerconsiste en presentarlo como un bruto siempre dispuesto abateara quien se ponga al otro lado de la ley.

Puigaparece en la foto como un político encantado de haberse conocido, como el dirigente que va a devolver la dignidad a los Mossos d'Esquadra y va a acabar con tanta tontería (código ético, cámaras en las comisarías) de su antecesor, el peligroso comunistaJoan Saura. Apenas mes y medio después, la policía catalana ha sido líder de audiencia en los informativos por una penosa actuación nacida en un grave error de su jefe político.

La catarata de imágenes de los antidisturbios aporreando a los acampados en la plaza de Catalunya, muchos de ellos sentados, aguantando estoicamente los golpes, ha dado una penosa imagen de Barcelona, de Catalunya... y de los Mossos. Y eso no es fácil de arreglar. Sobre todo si al día siguiente, ya en frío, elconsellerrecurre a otro clásico: la crítica a los medios que, como dijo ayer en Valls, «ponen en duda permanente el trabajo, la calidad, la solvencia y la entrega de la policía del país».

Noticias relacionadas

Nuestros policías

En vez de parapetarse detrás de los escudos denuestros(nosus) antidisturbios, haría bien elconselleren reflexionar sobre los errores de una operación policial pésimamente diseñada, que ha creado más problemas de los que ha resuelto. Haría bien en dar explicaciones donde toca, es decir, en el Parlament, y en pedir disculpas a muchas personas golpeadas en la calle pornuestrapolicía. También haría bien en convencerse de que a él no lo hemos puesto para que defienda a los Mossos, por más que le aplaudan sus sindicatos, sino para que nos defienda a todos. Y haría bien, finalmente, en abandonar el bate de béisbol en el desván donde se amontonan los juguetes de cuando aún éramos almas inocentes.