09 jul 2020

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Gente corriente

Montserrat Massana: «Tenía todas las palabras dentro, pero no salían»

Núria Navarro

Se licenció en Medicina y aprendió los secretos de la logopedia al lado del prestigioso Josep Guixà. Montserrat Massana (Barcelona, 1959) se convirtió en una experta, dio clases en el Hospital de Sant Pau y escribió un libro, Tractament i prevenció de la dislalia, muy apreciado por los estudiantes. Ella, que durante más de 20 años ayudó a cientos a recuperar el habla, se quedó sin habla.

-¿Qué ocurrió exactamente?

-La última semana de febrero del 2008 estaba hablando por teléfono con la técnica de Joventut de Argelaguer -donde resido desde que nació el primero de mis cuatro hijos- y a media conversación no me salían las palabras. Sabía lo que quería decir, pero no podía. Eso duró unos 10 o 12 segundos. No le di importancia. Pero se repitió e iba acompañado de otras sensaciones extrañas.

-¿Cómo de extrañas?

-Mientras conducía, sentía unas ganas tremendas de bajar del coche, y en casa tenía la necesidad de barrer. Era una especie de neguit. Empecé a pensar que era una forma de demencia... Al cabo de tres días, de madrugada, hice una crisis convulsiva. En Urgencias del Doctor Trueta de Girona me detectaron un tumor en el lóbulo frontal izquierdo, en el área motora suplementaria. Era de fácil acceso, pero no era benigno.

-Como médico, sabía a qué se enfrentaba...

-Antes de la operación pedí a la familia y a los amigos que escribieran notas y pegaran fotos en una libreta. Compusieron una especie de memoria, por si yo la perdía. El 21 de abril me extirparon el tumor en Bellvitge.

-La operación fue bien.

-Pero no podía hablar. Podía cantar y recitar cosas de memoria, pero había perdido el habla espontánea. Tenía todas las palabras dentro, pero no salían. Me sentí afásica. Experimenté rabia, frustración, duelo... ¿Cómo le podía pasar eso a una logopeda?

-Entendió de golpe a sus pacientes.

-Me vino a la memoria la rabia de una paciente inglesa que hizo una hemorragia después de que le extirparan un tumor cerebral y no podía hablar ni en inglés ni en castellano.

-Usted fue recuperando el habla.

-Primero hablaba telegráficamente, como los niños. Luego tenía mucha dificultad para acceder al nombre de las palabras. Un día, para decir que el mantel no se veía limpio, hice la siguiente paráfrasis: «Este mantel es muy impertinente porque revela el secreto de la suciedad». Cuando no tienes la palabra, haces este tipo de circunloquios para llegar al concepto.

-Ahora lo hace muy bien.

-¿Sí? Pero siento envidia cuando veo que la gente habla con tanta espontaneidad, sin pensar en lo que tienen que decir. Yo hablaba como ellos... Cuando estoy en una reunión en la que mucha gente habla, callo. No puedo participar. Yo proceso la información de manera más lenta y, al final, me pierdo. Antes disfrutaba cuando hablaba, ahora sufro.

-¿Por qué sufre?

-Tengo vergüenza de no hacerme entender, de no poderme expresar correctamente, de tartamudear. Me cuesta improvisar. Y eso me ha hecho cambiar de manera de ser. He perdido simpatía, ironía... Voy demasiado directa y ofendo o parece que riña... A veces, también me preparo lo que voy a decir. Cuando tengo que hablar por teléfono, por ejemplo, apunto todas las cosas para sentirme más segura.

-Pero está viva, se comunica, tiene cuatro hijos estupendos.

-Ellos me han demostrado que me quieren mucho. Cuando todo esto ocurrió, los gemelos -Genís y Eloi- tenían 11 años; Alba, 13, y Joan, 14. Ahora están todos en la adolescencia y a mí me falta el lenguaje... Me gustaría disponer de más palabras para darles más consuelo, para exponerles opciones diferentes, para ayudarles a elegir. No sé negociar con el lenguaje.

-Parece mentira que el lenguaje sea protagonista en tantos frentes...

-¡El lenguaje es imprescindible! Antes tenía una gran capacidad de fabular, de imaginar situaciones y personajes. Tenía muchas palabras en la cabeza y mucha capacidad de jugar con ellas. Ahora no. Pero puedo escribir, que es un proceso más lento, y me permite cortar y pegar. He escrito un cuento titulado El meu avi és afàsic. No sé si me lo publicarán...

-No es lo único que hace.

-Practico meditación, doy largos paseos, voy a dar de comer a los abuelos de Besalú y les hago hacer manualidades; una vez por semana llevo de manera voluntaria a un grupo de afásicos crónicos, que yo había atendido como logopeda en el Hospital de Olot. Como estoy un poco como ellos, los ejercicios nos van bien a todos. Y cada día, cuando me levanto, le doy gracias a la vida.