La estrategia de la derecha política

El PP y el sentido de Estado

La dirección popular está laminando los valores democráticos con una estrategia göbbelsiana

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El PP y el sentido de Estado

LEONARD BEARD

José Luis Rodríguez Zapaterono será el candidato socialista en el 2012, según anunció en el comité federal del PSOE del pasado sábado. La respuesta del PP no se hizo esperar y, por boca deMaría Dolores de Cospedal,repitió la cantinela de siempre y exigió elecciones anticipadas. Fueron previsibles en caliente las reacciones de IU, «sea quien sea el relevo, no cambiarán las políticas neoliberales» del PSOE (Cayo Lara); de ERC, «intrascendente» (Joan Puigcercós), y de ICV, no importan las personas, «sino las políticas neoliberales que defiende el PSOE» (Laia Ortiz). Pero que el discurso único del partido que quiere ser la alternancia sea reclamar la convocatoria de elecciones anticipadas tendría que preocupar a los ciudadanos españoles y también a los catalanes, incluso si consideran que con España no hay nada que hacer y el futuro pasa por la independencia.

Lo que resulta estremecedor es que, a pesar de la grave crisis económica, los dirigentes populares hayan optado por desgastar al Gobierno socialista con el único objetivo de hacerse con el poder, espoleados por un núcleo mediático cada vez más escorado hacia la extrema derecha. No es que el Gobierno del PSOE lo esté haciendo bien. Todo lo contrario: la percepción de los ciudadanos -y de los sindicatos, que tendrían que ser su base social natural- es que, para reducir el déficit y la deuda,Rodríguez Zapateroes capaz de castigar todavía más a las clases medias y populares a la vez que no hace efectivas las cantidades derivadas del fondo de competitividad, lo cual perjudica particularmente a los ciudadanos de Catalunya. Y, en cambio, es tolerante con los poderes económicos que declaran unos beneficios «históricos» a pesar de -o gracias a- la crisis económica.

Se podría pensar que la actitud del PP es consecuencia de un error estratégico, pero la historia nos dice que no es así y que la obsesión por el poder, en detrimento del sentido de Estado, forma parte del ADN de la derecha política española. En cambio, la económica, más viajada, sabe muy bien que la estabilidad política es fundamental para encarar la salida de la crisis, sobre todo con un presidente sin mucho margen de maniobra -los famosos mercados obligan-y, por lo tanto, no lesivo para sus intereses.

La actitud del PP no es flor de un día. La falta de sentido de Estado y la obsesión por el poder es una constante. En el verano del 2002, la prepotencia deJosé María Aznarle llevó a ocupar la isla de Perejil -una roca de 13,5 hectáreas a 200 metros de la costa marroquí y a dos kilómetros de Ceuta- por el Ejército español en respuesta al desembarco de un puñado de policías marroquís. Rabat consiguió lo que pretendía: poner en el escaparate el contencioso de Ceuta y Melilla y forzar la mediación deColin Powell

cuando ya sonaban aires de guerra en Irak. Fue la misma prepotencia que llevó aAznara las Azores y a la guerra de Irak en el 2003.

Una vez perdido el poder, el PP no ha tenido ningún escrúpulo en utilizar, en contra de toda evidencia razonable, tal como se demostró en el juicio, una supuesta connivencia entre los autores de los atentados del 11-M y ETA, con ramificaciones que implicarían a militantes del PSOE. Peor todavía, tampoco ha tenido escrúpulos a la hora de utilizar impúdicamente a algunas asociaciones de víctimas del terrorismo para hacer frente a un proceso dialogado del final de la violencia que, a pesar de que fracasó, llevó a ETA a una situación de debilidad irreversible gracias a la acción policial y judicial. Incluso ahora, conel caso Faisán,está llevando a cabo una campaña que sería inadmisible en cualquier país democrático. La lucha contra el terrorismo «es un problema de Estado» y «corresponde al Gobierno de España dirigir la lucha antiterrorista» (acuerdo por las libertades y contra el terrorismo) con la única limitación de no conculcar el Estado de derecho y el marco constitucional, es decir, no pagar un precio político por la paz, lo cual, aun dando credibilidad a las denominadas actas de ETA

-¡que ya es tener fe!-, no se ha hecho. Pero el PP insiste en la responsabilidad del Gobierno deZapateroy el inefableAznardesentierra a los GAL. Esa actitud atenaza al Gobierno, que no se atreve a hacer la apuesta definitiva por la paz, que pasa por la legalización de Sortu.

A escala local, algunos dirigentes populares amenazan la cohesión social y la convivencia levantando la bandera de la xenofobia mientras las redes de corrupción pudren las filas del partido. Está claro que la corrupción no es solo patrimonio del PP, pero sí lo es la chulería de negarla y de presentar a la reelección a dirigentes sobre los que pesa algo más que una sombra de sospecha.

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La deriva de la cúpula actual del PP es preocupante, porque, en combinación con un entorno mediático muy ruidoso, está laminando el marco de los valores democráticos con una estrategia de estridencias göbbelsianas que hace de la conquista del poder, no importa por qué medios, el objetivo único del partido, y que, más allá de militantes y simpatizantes sinceramente demócratas, desprecia el sentido de Estado.

Catedrático de Historia Contemporánea de la UB.