El turno

Vivir por encima de las posibilidades

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Políticos de todos los colores vivieron el pasado fin de semana una verdadera fiebre inauguradora. El lunes era el último día, antes de las elecciones del 22 de mayo, en el que alcaldes y presidentes de comunidades autónomas podían presumir ante la ciudadanía de todas las obras públicas que se han realizado en el presente mandato. Así que nuestros representantes públicos se apresuraron a fotografiarse en aeropuertos nuevos, museos, carreteras, mercados, centros cívicos, plazas, parques e incluso algún negocio privado.

El lunes, Artur Mas declaraba en Madrid que «en España la gente ha estado viviendo por encima de sus posibilidades y en Catalu-

nya estamos viviendo por debajo». El Financial Times se hacía eco de las reivindicaciones y las colocaba en la portada. Al margen de la conveniencia de las declaraciones, Mas ha sido uno de los primeros políticos en reconocer en público que los años del boom inmobiliario habían convertido a este país en un carnaval de dispendios a menudo injustificados. ¿Cómo se puede entender, si no, que cada capital de provincia que se precie haya querido aeropuerto y estación del AVE y que ningún pueblo que desee ser considerado digno haya querido quedarse sin piscina cubierta ni pabellón deportivo? ¿Y en Catalu-

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nya no ha ocurrido lo mismo?

Pese a esto, hay alguna diferencia. Esta semana, un amigo con familiares en un pueblo extremeño me explicaba a grandes rasgos cómo funciona la economía local: la señora que vende quesos fabricados en casa a escondidas, casi como si estuviera comerciando con sustancias ilícitas; producciones agrarias que no llegan nunca a la cooperativa; bares que comercializan su propio vino; subvenciones comunitarias para plantar y arrancar viñas… Sobre el papel, Extremadura es la comunidad con menos renta por habitante de España. Pero, después de cada visita al pueblo, mi amigo regresa a Barcelona con la sensación de que, en muchos aspectos, también los materiales, allí se vive mejor.