02 abr 2020

Ir a contenido

El turno

Barcelona decide, naturalmente

J.M. Terricabras

La democracia participativa, y no simplemente electoral, a menudo sorprende a los propios demócratas. Y es que tiene una fuerza imparable, permanentemente creativa y sin alternativas. Dentro de una semana y media, en Barcelona se efectuará una votación para que los ciudadanos puedan decir si quieren o no la independencia de Catalunya.

La cosa es simple; la pregunta, también. Muchos, sin embargo, aún no lo han entendido y se oponen o se guasean. Otros lo han entendido la mar de bien y su guasa tiene otro sentido, que a mí me gusta poco. ¿Pero cómo puede ser que alguien se oponga a hacer preguntas a la ciudadanía? Y no preguntas superficiales, sino preguntas que afectan a su presente y su futuro. Ya sé que los referendos están mal vistos y que algunos se arrepienten de la prueba que hicieron con la entrada en la OTAN y con la defensa de la plana y el paraje de Castell, en Palamós. Se equivocan los que piensan así. Si no se quiere consultar al pueblo, no hay que hacer ni elecciones. Por suerte, no obstante, la ola de consultas populares iniciada en Arenys de Munt el 13 de septiembre del 2009 ha llevado hasta la consulta de Barcelona el próximo 10 de abril.

Me cuesta entender que algunos piensen -parece que también le ocurre al president de la Generalitat- que la consulta divide al pueblo. ¿Es que acaso no se puede votar o no? La participación democrática en una consulta no divide nunca a nadie, sino que manifiesta el espíritu democrático y participativo del conjunto. Por definición, una votación presupone la discrepancia y la protege.

Claro está que todavía me resulta más difícil entender que el Ayuntamiento de Barcelona ponga trabas a una consulta, cuando él ha organizado una fracasada sobre una supuesta reforma de la Diagonal, que se pagó con el dinero, mucho dinero, de todos los barceloneses. ¿Por qué hay demócratas que tienen poca fe en la democracia?