Opinión | editorial
La ONU hace frente al coronel Gadafi
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La resolución aprobada anoche por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha acabado con la sensación de que la tragedia de Japón había tapado la matanza de Libia y el coronel Gadafi podía arremeter contra la oposición, hasta el último combatiente, en un clima de vergonzosa impunidad. El texto aprobado habilita a la comunidad internacional para neutralizar todo intento del dictador libio de continuar con los bombardeos aéreos y, al mismo tiempo, la obliga a proteger a la población civil con cuanto esté en su mano salvo la ocupación del territorio.
Era lo menos que cabía exigir a las grandes potencias para atajar la carnicería, especialmente después de que la Liga Árabe pidiera a la ONU que declarara el cielo libio espacio de exclusión aérea. La inicial oposición de Rusia y China a dar el visto bueno a una intervención en Libia era un pretexto claramente insuficiente para cerrar los ojos a la realidad que se desarrollaba a las puertas de Europa. La oposición del secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, a embarcar al país en una operación que pudiera recordar, siquiera fuera remotamente, los casos de Afganistán e Irak tampoco tenía la consistencia necesaria para dejar a la oposición libia entregada a su suerte.
Por el contrario, el texto del Consejo de Seguridad se acerca a aquello que en ambientes muy diferentes, en Occidente y fuera de él, se considera el deber mínimo de ayuda ante una situación como la libia. Al aprobarse la resolución, la comunidad internacional ha respondido sí a la pregunta repetidamente formulada durante los últimos días: ¿se debe intervenir en Libia? Ahora hace falta que la aplicación de la resolución se haga de forma decidida y sin restricciones como, por lo demás, parecen desear Estados Unidos, Francia y el Reino Unido más algunos países árabes no especificados. Parapetarse en la cautela para no comprometerse ha dejado de tener sentido.
Ni las baladronadas de Gadafi, que amenaza con poner el Mediterráneo patas arriba, ni las promesas del dictador de detener las operaciones el domingo para dar una oportunidad a los rebeldes deben sembrar dudas: con la ley internacional en la mano, la única alternativa aceptable es que el tirano deje de disparar.
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