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Los efectos de la crisis en la socialdemocracia

No hay izquierda sin Europa

Carlos Carnicero Urabayen

Las fuerzas progresistas han sido incapaces de dar una respuesta alternativa a la conservadora

La crisis económica ha demostrado insistentemente que cualquier respuesta eficaz solo puede articularse a nivel europeo, pero los partidos políticos y sus discursos siguen siendo fundamentalmente nacionales. Durante décadas, esta desconexión entre las decisiones que se toman en Bruselas y los debates en cada capital europea ha sido una realidad confortable para los líderes políticos, celosos ante su pérdida de poder. Esta disociación de discursos ha hecho más imperfecta la democracia en la Unión Europea, pero ahora se descubre además como la principal debilidad de la izquierda socialdemócrata para iniciar su recuperación.

La complejidad de los procedimientos europeos y el carácter técnico de muchos de los asuntos de la Unión es lo que explica que haya sido difícil involucrar más a la ciudadanía. Pero hay un elemento más: la competición de poder entre los dirigentes políticos nacionales y los crecientes ámbitos de poder de Bruselas. Las gobiernos han ido cediendo poder -muchas veces a regañadientes- a las estructuras comunes, pero silenciando su importancia. La pedagogía política imprescindible para impregnar de europeísmo a la ciudadanía ha sido escasa.

El llamado déficit democrático de que adolece la UE ha sido combatido mediante el aumento sistemático de poder del Parlamento Europeo, auténtico ganador institucional de todas las reformas de los tratados desde los años 80. Sin embargo, las campañas electorales se siguen desarrollando en un tono fundamentalmente nacional, creando la paradoja de consolidar en la Unión una legitimidad democrática formal, pero no material. Y el clientelismo de los partidos se sigue ejerciendo desde una óptica esencialmente nacional, al no haberse avanzado en la configuración de listas europeas.

La hecatombe financiera que castiga a Europa más que a cualquier otra región del mundo, también se ceba más con la izquierda que con la derecha. A pesar de las expectativas de cambio generadas -fue el propio Sarkozy quien habló de «refundar el capitalismo»-, la izquierda ha sido incapaz de dar una respuesta convincente y alternativa a la conservadora. Y el coste de oportunidad ha sido bien elevado: justo cuando las ideas económicas que entraron en crisis en septiembre del 2008 estaban en cuestión, la izquierda no fue capaz de presentar una alternativa en línea con sus valores.

La mayoría de los análisis sobre la decadencia de la socialdemocracia se han centrado en una sola variable: el idilio entre las formaciones progresistas y la ortodoxia de las políticas económicas liberales desde los años 90, lo que convirtió a la socialdemocracia en copracticante de un modelo económico ahora fracasado. Pero ignoran un segundo elemento no menos importante: la situación de déficit democrático creó la ilusión en las formaciones de izquierda de que era posible sobrevivir sin una adaptación y coordinación de su discurso a nivel europeo. Y sin narrativa europea, la izquierda no puede ahora proponer ni llevar a cabo una salida alternativa de la crisis.

Es verdad que los partidos conservadores tampoco han tenido-ni tienen todavía- un discurso europeo a nivel nacional, pero para ellos constituye un problema menor: el actual marco europeo y su respuesta a la crisis ha sido fundamentalmente conservador. La búsqueda de la recuperación económica ha ignorando otras variables como el coste social para lograrlo o el impacto que tendrán los recortes de cara a la conservación del modelo social.

Si la izquierda consigue un discurso propio sobre la salida de la crisis, deberá practicarlo a nivel europeo pero lo tendrá que explicar a nivel nacional. El discurso sobre un reparto equitativo de los costes que impone la crisis, para que los poderosos arrimen también el hombro, o la idea de inventar nuevas formas de fiscalidad para gravar las transacciones financieras, solo son posibles de manera efectiva en una Europa coordinada.

Incluso el pulso que libran los gobiernos democráticos de Europa con los mercados es susceptible también de tener un componente ideológico. Conceptualmente, debe ser una batalla liderada por la izquierda la voluntad de lograr que la política se imponga a los mercados y no al revés. Por otro lado, la ola de recortes de gasto público que atraviesa Europa podía haber sido menos drástica e igual de firme si se hubiera fijado como fecha de consolidación fiscal por ejemplo el 2015, y no el 2013. Dicha decisión fue una expresión de la voluntad de calmar a los mercados (con poco éxito por ahora), con independencia del coste social que implicara tan necesario empeño. Pero es la falta de una coordinación estratégica de las formaciones y gobiernos progresistas en Europa lo que hace difícil algunas alternativas de este tipo.

La única forma de hacer frente a la crisis de una manera progresista es mediante una coordinación y un discurso europeo. No hay izquierda sin Europa; pero lamentablemente sí hay Europa sin izquierda. Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics.

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