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Carles Valero :A veces tengo la sensación de que empujo yo más que ellas"

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Carles Valero.

Carles Valero. / JOSEP GARCIA

A sus 32 años se mueve como pez en el agua entre contracciones y latidos fetales, un espacio tradicionalmente reservado a las mujeres. Ha atendido partos en el hospital de Sabadell y visita en un CAP de Manresa.

-¿Cuándo dio el primer paso para ayudar a nacer a los niños?

-En 1995 fui a informarme a la Escola Universitària d'Infermeria de Bell-

vitge. Pregunté si había problema para ser comadrona siendo hombre. Tenía 17 años. Lo pregunté con toda mi buena fe, pero las mil personas que había allí se rieron de mí.

-Vaya. ¿Y qué le contestaron?

-Que la Constitución española da los mismos derechos a las mujeres y a los hombres.

-¿Y escogió la especialidad?

-En aquel momento no. Hice enfermería, pero escogí quirófano y más tarde me dediqué a las urgencias. Al cabo de un tiempo me cansé de estar siempre al final de la vida y quise ir al principio.

-Acabó sacándose el título de comadrona. ¿O debería decir comadrón?

-Es una profesión femenina. Cuando hay gente esperando para la consulta yo mismo pregunto: «¿Viene por la comadrona?».

-¿Y qué le dicen cuando entran y ven a un hombre?

-Se creen que soy el médico.

-Ya. ¿Y es más difícil ser comadrona para un hombre?

-Hay una barrera y tienes que esforzarte más, para que la mujer confíe en ti. Una de las frases típicas es: «¡Pero si tú no has parido nunca!» A lo que yo contesto con otra frase típica: «¿Un oncólogo que nunca ha tenido cáncer puede ser un buen oncólogo?».

-¿Cuándo fue la primera vez que vio un parto?

-Cuando era camillero. Aquella vez me puse a llorar y sigo emocionándome. Es una profesión que exige mucho de ti, te implicas mucho y tienes que estar muy bien contigo mismo. A veces tengo la sensación de que empujo yo más que ellas.

-¡Qué dice!

-¡Cuidado! Las comadronas no somos Dios Nuestro Señor. Nosotros solo recogemos al niño, no somos el centro del parto. Cuando todo va bien, tienes que volverte invisible. Tu presencia solo es importante cuando algo no va bien. Muchas veces me preguntan: «¿Tú me vas a sacar al niño?». Y yo les contesto: «No. Al niño lo vas a parir tú». Vivimos inmersos en una filosofía industrial. No nos planteamos lo que podemos hacer por nosotros mismos. Vamos al hospital a que nos curen, a que nos saquen al niño...

-¿Cómo le gusta recibir a los niños?

-El nacimiento es un momento único y tienes que intentar que aquello que está pasando sea un momentazo, aunque el ambiente de un hospital no ayuda mucho.

-¿Qué hace para mejorarlo?

-En la sala de partos, atenuamos la luz y ponemos música agradable. ¿Y por qué no? Cuando nace un niño le tarareo alguna canción. Hay que cantar a los niños.

-Cantará bien, por lo menos.

-Por si acaso, lo hago flojito.

-Menos mal.

-Es de sentido común que el momento de nacer es un momentazo. Sin embargo, muy pocas personas, incluso las mujeres embarazadas, saben cómo nacieron, cuánto pesaron, si les dieron el pecho...

-¿Y por qué es importante saberlo?

-Para saber de dónde venimos. Somos lo que hemos vivido.

-¿Qué sabe usted de su nacimiento? ¿Y de qué le sirve saberlo?

-Sé cuándo nací y cómo. Me lo he imaginado muchas veces y es entonces cuando te das cuenta de todo lo que han hecho por ti. Parir es un acto de amor y creo firmemente que el primer apellido de un niño debería ser el de la madre.

-¿Qué pasa cuándo las cosas van mal?

-La vida no es justa. No existe vida sin muerte, ni alegría sin tristeza. Una vez vino a verme una madre que había perdido a su bebé. Le conté que existe la tradición catalana por la que, cuando nace un bebé, se entierra la placenta y se planta una semilla: de nogal, si es niña, y de roble o encina, si es niño. En aquel momento se le iluminó la cara: «¡Ya sé dónde la voy a plantar!», exclamó. Vivimos en la era del iPhone y del iPad pero seguimos necesitando los rituales.

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-Sigo sin saber qué le llevó exactamente a elegir esta profesión.

-Pues porque me fascina todo lo que rodea el embarazo, el parto y la crianza. Es el principio de todo, un misterio.