06 ago 2020

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EDITORIAL

Sale Mubarak, se queda el Ejército

Tras 18 días de protesta pacífica, la revolución del Nilo ha logrado su principal objetivo: la desaparición de la escena de Hosni Mubarak, el autócrata que durante 30 años personificó el poder ejercido con mano de hierro. Sus denodados intentos por seguir en el puente de mando desoyendo el ensordecedor clamor de la plaza Tahrir han sido no solo inútiles, también han resultado ridículos, al dimitir menos de 24 horas después de negarse a ello. Más allá del lógico regocijo en las calles, lo que viene a partir de ahora es una gran incógnita.

El Ejército, que durante la crisis ha mantenido una gran ambigüedad, sin duda calculada, detenta ahora el poder absoluto, algo que no le es extraño, ya que siempre ha sido un poder más real que fáctico. ¿Estará dispuesto ahora a emprender la vía para instaurar en Egipto una democracia genuina o bien optará por una continuación del autoritarismo que ha dominado la política egipcia desde 1952? ¿Estará dispuesto a ocupar el poder solo durante la transición, mientras se negocia el futuro democrático de Egipto, o aspira a dirigir los destinos del país? Las escenas vistas en las últimas horas de confraternización entre soldados y manifestantes podrían resultar amargas.

El general Mohamed Husein Tantaui, el hombre fuerte del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el organismo al que Mubarak ha traspasado la administración del país, no es precisamente el más indicado para dirigir la apertura democrática si hacemos caso de los cables de Wikileaks en los que aparece como contrario a las reformas políticas. Tampoco está claro hasta qué punto las fuerzas armadas son compactas.

Además de exigir la salida de Mubarak, los miles de egipcios que se han sumado a la protesta piden también democracia y libertad. Y ambas cosas, por otra parte inseparables, no se construyen en unas pocas semanas. Menos aún cuando el rais laminó toda oposición. Pasada la fase de la agitación, viene ahora la construcción política. La oposición, a excepción de los Hermanos Musulmanes, necesita tiempo. Se abre pues un periodo de grandes riesgos, pero sería un grave error para Egipto y para el inquieto mundo árabe desaprovechar el resultado excepcional de esta protesta, también excepcional.