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Gente corriente

Isabela Méndez: "Los de 'Porca misèria' nunca supieron que yo no veía"

Gemma Tramullas

En el cole le llamaban Topacio, como la protagonista ciega del famoso culebrón venezolano, pero Isabela prefirió escuchar a su madre, que le enseñó que todo lo que ella tenía en su imaginario era posible.

-¿Cómo me ve?

-En una versión libre y de un modo casi impresionista. Como está sentada relativamente cerca de mí, la distingo a grandes rasgos; si estuviera un metro más allá, vería solo un bulto. Veo lo que me depara el mundo justo a tiempo para no darme un golpe y por eso me defiendo.

-No parece que le cueste ver.

-No tengo los ojos nublados ni llevo bastón, pero veo muy poquito. Ahora estoy en un 10%. Para una persona con una vista normal, quedarse con un 10% de visión es quedarse ciega, pero yo me apaño porque ya veía poquito de pequeña. Tengo el resto de los sentidos abiertos así, como una loba y, en ese sentido, la profesión que elegí ha sido un acierto.

-¿Por qué?

-El actor trabaja con su intuición, tiene que afinar muchísimo la percepción del resto de los sentidos. En enero participé en El primer ball, una experiencia de la compañía Teatro de los Sentidos con gente ciega y con disminución visual que...

-¡Por una vez estaba en igualdad de condiciones!

-De hecho, de todos los que no veíamos bien yo era la que mejor veía. El montaje proponía al espectador prescindir de la vista y abrir el resto de los sentidos para experimentar la dificultad que conlleva no tener visión en un mundo en el que el 90% de los estímulos son visuales y para conocer las opciones que se abren cuando no cuentas con la vista.

-¿En escena tiene usted ventaja?

-Yo diría que sí, lo que no quiere decir que ser actriz haya sido fácil. Ha sido complejo, porque requiere de un esfuerzo extraordinario en cosas que tienen que ver con el cotidiano.

-¿Como qué?

-Todo tiene que estar muy ampliado, tengo el ordenador y el móvil adaptados y un dictáfono donde grabo los textos y los voy memorizando. Siempre llevo conmigo mi telescopio y una lupa.

-¿Un telescopio?

-Un telescopio, literalmente. Me permite ver los números de los autobuses y los nombres de las calles. En un cásting no es lo más elegante sacar un telescopio, pero si no me han dado el libreto con antelación y me sacan papeles con unas paticas de hormiga así chiquiticas tengo que sacar la lupa tamaño familiar y pegarme el texto a la cara.

-¿Y qué le dicen?

-Se produce un «oooh» generalizado. Yo intento tomármelo con soda, pero no siempre lo consigo. En Venezuela era más fácil, porque la gente me conoció muy pronto en escena, sabían que funcionaba bien y mi deficiencia visual nunca fue un tema de importancia. Mientras los demás actores iban con 50 hojas en la mano, yo cargaba con libretos ampliados que parecían El libro gordo de Petete. Llevo 23 años en escena. Es lo que he hecho toda la vida, pero aquí me he tenido que reinventar de cero.

-¿Le niegan papeles porque no ve?

-No. Pero si puedo prescindir del telescopio, hacer como que no pasa nada e ir descubriendo el espacio, lo hago. Prefiero que un director me vea en escena, que vea que trabajo con todo el corazón y con oficio, antes de que sepa que tengo una deficiencia visual.

-Entonces, ¿se presenta a los cástings tal cual?

-Con esa elegancia que me caracteriza, sí.

-¿Y cuela?

-Si he podido estudiar el texto con antelación, cuela. Cuando recién llegué a Barcelona hice una audición para Joel Joan y gané un papel delicioso en la serie Porca Misèria. Al final no lo pude hacer porque mis papeles aún no estaban en regla y no podían contratarme, pero nunca supieron que yo casi no veía.

-Perdió un trabajo importante.

-Fue un golpe duro. Sin embargo, si no hubiese sido porque aquel prodigioso contrato no se dio, quizá ahora no estaría explorando el universo delicioso de los cuentos.

-¿Es usted cuentacuentos? Cuente uno cortito.

-Ella tenía labios de pincel, él tenía labios de acuarela y en un cruce de dos calles coincidieron. Allí, en aquel punto del tiempo y del espacio, se quedaron mirando largo rato. (Respira profundamente). De pronto, impulsados por un ímpetu pictórico, acercaron sus rostros y se besaron. Al separarse, tenían ambos una sonrisa pintada en los labios.

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