03 jul 2020

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Las acciones de la Obra Social La Caixa

El cuarto mundo está aquí

Isidro Fainé

Los problemas de la pobreza deben ser atajados combinando excelencia, competitividad y solidaridad

La pobreza es uno de los retos más importantes, y más difíciles, que debe combatir la sociedad. A la vez que el mundo occidental se ha desarrollado en términos de bienestar, ha aumentado el número de personas que no se ha beneficiado de este progreso. Una realidad muy visible en nuestro entorno más próximo, donde cada vez hay más personas que viven en situaciones de extrema precariedad, que es preciso, ineludible e inaplazable mitigar.

Atenta a esta realidad, la Obra Social La Caixa lleva a cabo diversas acciones para reducir las bolsas de pobreza y dar una respuesta eficiente y global a las necesidades de los colectivos más desfavorecidos. Es, en este entorno, cuando adquiere mayor relevancia aquello que decía el fundador de La Caixa, Francesc Moragas, y que en mi caso particular suelo tener muy presente: «La feina al cap i la gent al cor» («El trabajo en la cabeza y la gente en el corazón»). Así es, y así lo hacemos.

Entre nuestras acciones prioritarias, destacan las ayudas a las familias con hijos menores en riesgo de exclusión social, la inserción laboral de personas con dificultades para acceder a un empleo y la construcción de pisos con rentas asequibles para personas mayores. Gracias al apoyo de todos sus clientes, La Caixa da oportunidades a las personas más desfavorecidas y afronta los principales retos de la sociedad.

A veces, en momentos como el actual, se hace necesario -por revelador- un giro al pasado. Para conocer los orígenes, para recuperar los principios y para valorar la trayectoria y el esfuerzo de miles de personas que, mucho antes que nosotros, se preocuparon por pensar en cómo ayudar a ese cuarto mundo que, sin duda, también existía hace más de 100 años.

Nuestra entidad nació en un contexto político y social convulso. La grave crisis social, al finalizar el siglo XIX, desembocó en una grave recesión. En plena era industrial, la sociedad sufría una mayor degradación de las condiciones de vida de las clases desfavorecidas. Esta situación actuó como revulsivo en la conciencia de la sociedad civil catalana, cuyas instituciones más emblemáticas decidieron actuar para buscar soluciones. Así surgía la Caja de Pensiones, para muchos historiadores de esa época el mejor ejemplo de cuál era el camino a seguir para fomentar el ahorro y las pensiones, impulsar la economía y contribuir, a la vez, a la cohesión social.

Hoy, los más de 28.000 profesionales del Grupo La Caixa estamos comprometidos con esa iniciativa pionera, somos sus herederos y continuadores, procuramos trabajar con el mismo ánimo y empuje con el que lo hicieron aquellos visionarios que, junto con la responsabilidad de las posteriores generaciones, convirtieron su sueño en realidad. La experiencia y la realidad de La Caixa la convierten en un caso único, porque es difícil encontrar, en todo el mundo, una institución que englobe en su actividad, en plena armonía, la vertiente financiera, empresarial y social; y que abarque, también, las distintas vertientes de la persona: la extrínseca (trabajar por la familia), la intrínseca (trabajar por el propio desarrollo personal) y la trascedente (trabajar por un proyecto superior).

Este es el camino que nos ha llevado a reafirmar nuestra responsabilidad social, que va más allá incluso de la Obra Social, para alcanzar cuestiones fundamentales, como la transparencia, la inclusión financiera y la responsabilidad corporativa.

Cuando me reúno con los profesionales de la Obra Social, coincidimos en una reflexión: no basta con que nuestro trabajo proyecte siempre un resultado positivo, sino que ha de ser certero, responder a las necesidades más acuciantes de nuestro entorno y, sobre todo, contar con un valor social incuestionable. Nuestra gestión social ha de ser, como la financiera, impecable, ya que nuestro fin último es darle al dividendo social de La Caixa un destino y una distribución socialmente eficiente. El trabajo es complejo y, el reto, enorme.

Los problemas del llamado cuarto mundo deben ser atajados con soluciones que combinen la excelencia profesional, la especialización, la competitividad y la solidaridad.

A pesar del difícil escenario, muchas oenegés están abriendo caminos en esta ardua tarea. Lo sabemos bien y contribuimos en numerosos proyectos para disminuir esa gran paradoja de la globalización, cuya acción también ha roto fronteras para extender los grandes problemas y sus desafíos a todos los puntos del mundo.

Porque el cuarto mundo que convive entre nosotros no sólo es cuantitativamente importante, sino que tiende a ser permanente. Y ese se ha convertido en nuestro principal reto: cómo romper el círculo vicioso de la pobreza hereditaria. Por eso pensamos que el Programa CaixaProinfancia es la mejor vía para acometer la pobreza y apoyar los propósitos de su erradicación promovidos desde la ONU.

José Miguel tiene 10 años. Y le gustan mucho las matemáticas. Erika tiene 15. Quiere estudiar una carrera para ser profesora. Ambos han recibido ayudas de CaixaProinfancia, el programa de superación de la pobreza infantil de la Obra Social La Caixa. Como ellos, en los últimos tres años otros 165.300 niños de toda España cuyas familias pasan por situaciones de dificultad. Todo ello se traduce en una inversión de 55 millones de euros en el 2011. Son hogares con hijos de entre 0 y 16 años a los que esta iniciativa trata de garantizar que, pese a las dificultades, tengan la puerta abierta a un futuro mejor y crezcan con las mismas oportunidades que el resto de niños.

El compromiso social de La Caixa es conocido. Y reconocido. Forma y formará parte de nuestra identidad. Nuestra fuente de energía emana de ahí: da sentido a nuestro trabajo del día a día. Cuando alguien se siente útil, empieza a ser feliz. Facilitar el trabajo de los demás, compartir desinteresadamente nuestro tiempo o contar con una actitud de servicio en las pequeñas cosas del día a día son cualidades que nos llevarán a la autosatisfacción personal.

Y no olvidemos que las bolsas de pobreza no son precisamente unas velas que podamos apagar sin demasiado esfuerzo. Se aproximan más a la figura de un conjunto de antorchas que arden con facilidad y que son, en cambio, muy difíciles de extinguir. Sabemos que el bien, lo bueno, no lo conoceremos mañana mismo, pero sí estoy convencido de que, entre todos, lo veremos algún día.

Presidente de La Caixa y de la Fundación La Caixa.