02 abr 2020

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El turno

Elogio de la política

J.M. Terricabras

Los juicios sobre las personas siempre son muy delicados. Si tuviéramos más información -y más humanidad- no haríamos muchos de los juicios crueles que hacemos sobre los demás. Una de las dianas preferidas por muchos son los políticos. A menudo se les atribuyen todo tipo de maldades y de intereses perversos. Hay quien todavía cree -con muy poca imaginación- que algunos acuden a la política para hacerse ricos. La edad y la experiencia me llevan a decir -no sé si también un poco injustamente- que el descrédito catalán y español hacia la política todavía arrastra tics franquistas.

Durante 40 años se nos quiso hacer creer -me parece que con éxito- que la política era una cosa bastante fea, que lo que hacían los franquistas no era política -según cómo, tenían toda la razón-, que los políticos europeos eran todos malos -y esto quería decir que eran judíos, masones y demócratas. El desastre mental y moral de la dictadura fue terrible. De estas cosas cuesta mucho recuperarse. No siempre es cierto que muerto el perro se acabó la rabia. Desgraciadamente, la rabia de la antipolítica sigue inoculada en las venas de muchos.

No estoy haciendo una defensa de todos los políticos, de toda la actividad política. Simplemente clamo contra la prevención, contra el prejuicio, contra la animadversión política. Me parece que es bueno hacerlo de nuevo cuando empieza un nuevo ciclo político en Catalunya. Y lo hago también porque conozco a personas dedicadas al servicio público que, más allá de aciertos y errores, de acuerdos y desacuerdos, mantienen con naturalidad una dignidad y una honradez políticas sin fisuras. Porque son así tanto cuando asumen responsabilidades como cuando las dejan. Y ahora pienso muy especialmente en Anna Pagans, aún alcaldesa de Girona, que volverá a enseñar Historia en un instituto. No es la única, pero ella, a la que conozco desde hace muchos años, es un buen ejemplo de lo que digo.