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El desarrollo del caso de la entidad musical

Palau, decidido y decantado

Xavier Bru de Sala

Las tres etapas de la limpieza tratan sobre todo de salvar el buen nombre de los mecenas estafados

Hace meses que, en el propio interior del Palau de la Música, y mientras las administraciones consorciadas se hacían el sordo o el despistado, se dibujaron las etapas de la limpieza: a), papeles al juez; b), pasar página; c), empezar de nuevo y como si nada hubiera pasado. Más que el buen nombre de los engañados por Millet, entre los que hay una muy granada representación de la sociedad cultural, se trataba de salvar el buen nombre de los estafados, que son también, si no los primeros, los más acreditados mecenas de nuestro país. En honor a la verdad, y en reconocimiento de la capacidad embaucadora del saqueador, hay que recordar que en la Fundació y en el Consorci, que es donde se llevaba la batuta, todo el mundo estaba en la luna de Valencia. No es preciso decir que el Orfeó, en fuera de juego, era, es y quizá será el gran damnificado de todas las operaciones Palau habidas y por haber. Siempre en su nombre, pero apropiándose del legado como si se tratara, no del abuelo venerable, sino del niño tonto.

Como director de la primera etapa fue designado Joan Llinares, de perfil casi calvinista y hasta entonces contable mayor del MNAC. De este modo, el tripartito creía hacer manar sangre de las venas de CDC, pero de hecho ejecutaba el papel de inocente brazo ejecutor de los planes del establishment. Desde las otras administraciones corresponsables iban tras él inútilmente.

Situados en este contexto, y, si tenemos en cuenta que sociológica, ideológica, personalmente e incluso políticamente, el Palau es de Convergència (no culturalmente, cuidado, que es muy huérfana), el presente final de etapa, digamos colaboracionista con el tripartito, estaba más cantado que el canto y el gorgorito de los pájaros, incluido el ruiseñor que se va a Francia sin encomendarse ni a la madre ni a los compañeros. ¿Y qué se creía pues la dulce izquierda gubernamentalizada? Cuando estalló el caso retrocedían y se frotaban las manos, convencidos de que tocaban de pies en el suelo y de que estaban en condiciones de combatir. Pues no. La decisión del actual presidente interino sí hace tocar de pies en el suelo. La primera etapa se ha acabado. Los dos candidatos, Carulla y Enrech, en supuesta confrontación, aplauden. Existencias de papeles agotadas. Ventanilla bajada. Que se espabile el juez. A los nuestros que no los toquen, y menos en campaña electoral. Barcelona y Catalunya son como son, no como se imaginan los ingenuos.

Ahora bien, puestos a bajar del burro, y después de constatar una vez más que el poder es el poder, no sería fantasear demasiado insinuar excesos de casualidad en el calendario judicial. En consecuencia, que dos altos cargos de CDC sean imputados antes del 28-N podría depender más de las encuestas que de la fría, ciega y supuesta imparcialidad y la no tan supuesta independencia de las balanzas judiciales en relación a los dos grandes partidos españoles. De forma que si Mas rozara la mayoría absoluta, la imputación en el momento que podía hacerle más daño estaba asegurada. Si se aplaza, proseguimos en el campo de las conjeturas, señal de que los que deciden de verdad encuentran convenientes para sus intereses políticos los resultados de las últimas encuestas. Tal como han ido las cosas hasta ahora, si piensas mal, tienes menos posibilidades de errar.

¿Quién ganará las elecciones en el Palau? ¡Ya están ganadas! Y desde antes de convocarlas. Empieza la segunda fase, consistente en pasar página. El calvinista Llinares saldrá por la puerta trasera y no se sabrá más de él. Con la oposición de la parte más damnificada a abrir sumario político aparte, los caminos de la judicatura y del Palau se bifurcan de manera definitiva. El Palau estrena nueva etapa.

Ahora es por el lado cultural por donde viene el peligro. Si desde la conselleria hubieran sabido de qué van las cosas, cómo se pilota un gran equipamiento cultural como el Palau, en vez de poner a un buscacosquillas metódico en el lugar de director general, habrían situado a Llinares de gerente, con la misma función, y buscado un director general capaz de orientar la casa, un especialista en equipamientos culturales musicales, que los hay, capaz de imprimir un nuevo rumbo, de dar sentido y relato a la música que allí suena. Pero si en algo coinciden los políticos desculturalizados y los burgueses aficionados es en el desprecio por los profesionales de la cultura. A gestionar cultura se atreve todo el mundo, con escasa conciencia de que los barcos insignia tienen que estar a cargo de los mejor preparados. Si hay algún insensato que piensa pilotar el Palau sin toda una vida de preparación es que ha perdido la razón, él y quienes no se lo impiden.

De momento, ha quedado en segundo término, pero es flagrante que la ausencia de planificación estratégica del Palau lleve a una temporada como la actual, elaborada a distancia, según las disponibilidades del mercado y no según los requerimientos de la sala, por la empresa de confianza de los saqueadores que aparece en las famosas libretas.

Escritor.

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