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La visita del papa Benedicto XVI ha sido un éxito desde el punto de vista organizativo y ciudadano. El dispositivo para acoger durante poco menos de 24 horas al líder mundial de la Iglesia católica funcionó como un reloj. La colaboración entre las diversas instituciones, civiles y religiosas, permitió una jornada sin incidentes en la que algo más de 250.000 personas -menos de las esperadas- salieron a la calle para saludar al Pontífice antes y después de la ceremonia de dedicación de la nueva basílica del templo de la Sagrada Família. Este acto, magníficamente retransmitido por los profesionales de la televisión pública de Catalunya, se convirtió sin duda en un reclamo para la ciudad y para la arquitectura de Antoni Gaudí, que pudo ser admirada por 150 millones de personas en todo el planeta. Igualmente, las calles de Barcelona fueron escenario de manifestaciones de apoyo a Benedicto XVI y de muestras de rechazo que transcurrieron de manera cívica, rompiendo el tópico de la capital catalana como epicentro del movimiento antisistema.

Menos edificante ha resultado la visita desde el punto de vista de las relaciones entre el Estado español y la Iglesia católica. Las palabras del papa Ratzinger en el avión que le traía a Santiago de Compostela no se corresponden con el clima previo a la visita que habían forjado la vicepresidenta Fernández de la Vega y el secretario de Estado vaticano, Tarcisio Bertone. La alusión al clima antirreligioso de los años 30 del siglo pasado fue una falta de tacto, como ayer mismo reconoció el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi. De la misma manera que denunciar un pretendido «laicismo agresivo» de un Gobierno que 24 horas antes de la visita renunciaba a la ley de libertad religiosa es algo más que un descuido, es un error. Del resto de los contenidos de los discursos de Benedicto XVI se puede discrepar desde el respeto. Pero en este punto hay que manifestar una frontal oposición de los que entendemos que la laicidad del Estado es la única posibilidad de garantizar la convivencia democrática en las sociedades plurales.

Ratzinger acabó su diatriba contra ese laicismo que denuncia con una apelación al diálogo. Ese es el único camino posible. Las autoridades políticas -españolas, catalanas y barcelonesas- han demostrado con esta visita voluntad de entendimiento con una institución que, a pesar de la pérdida de fieles, es considerada todavía como propia por millones de ciudadanos. Y la Iglesia, de la mano del arzobispo de Barcelona, el cardenal Martínez Sistach, supo corresponder en los preparativos. Lástima que la única intervención no escrita previamente del Papa -y esperemos que la única no premeditada- haya ensombrecido la visita.

La Sagrada Família

Lo mismo podríamos decir respecto del futuro del edificio que ayer Benedicto XVI declaró basílica católica. Para muchos, el interior del templo diseñado por Gaudí resultó ayer una sorpresa deslumbrante. Tanto por sus dimensiones como por los costes que debe haber tenido su edificación, sufragada con las aportaciones de los turistas que visitan las obras. Pero también deslumbrante por la experiencia estética espectacular surgida del juego de luces y composiciones geométricas que imaginó el arquitecto. Esta obra es también una invitación al diálogo. La basílica, como no puede ser de otra manera, es una iniciativa de los fieles católicos barceloneses. Su realización ha resultado ser un reclamo también turístico. Y el éxito y los recursos le han llegado tras la proyección de los Juegos de 1992, primero, y del Año Gaudí, después. La Sagrada Família y Barcelona no pueden vivir de espaldas. Su simbiosis es singular en el mundo global. Por ello, ahora que ya nadie habla de derrumbarla, es el momento de que sus impulsores inicien un diálogo con la ciudad y con sus representantes que acabe con la precariedad legal del proyecto y lo armonice con su entorno.