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Los ciudadanos y la política

Cunde el desánimo

Xavier Bru de Sala

En Catalunya, todo el mundo refunfuña y nadie actúa. Es un país de descreídos al que le falta vitalidad

Hace ya años que la política no entusiasma. A la proverbial desconfianza ciudadana hacia el poder, tan bien inscrita en los genes catalanes, se añade un fenómeno peculiar. La gente se moviliza en contra de lo que no le gusta, pero no a favor de lo que quisiera. Todo el mundo tiene o debería tener una ideología, unos valores compartidos, más en sintonía con una opción que con otras. También un partido más próximo y unos medios de comunicación más afines. Pues bien, entre los que no pasan de todo se extiende cada vez más la falta de empatía con sus líderes. Capas más y más amplias de la población se desenganchan de la opción que las ha representado. «Dios me libre de ayudar a los míos; total, ni se lo merecen ni tengo nada que ganar». Levantar el dedo para protestar, aún, pero nada de echar una mano. No es preciso recorrer Europa en busca de ejemplos, porque sin salir de casa recordaremos las manifestaciones contra la guerra de Irak o la sentencia del Tribunal Constitucional que certificaba el fracaso del último intento catalán de encontrarse mejor en España.

Han pasado pocos meses desde la última ola de indignación, y parece que tenían razón los que la minimizaban. Vida ondulante pero poco cambiante. Eterno flujo y reflujo de las aguas que no altera el nivel del mar. No es mi parecer, pero de momento es preciso dar la razón a los que menospreciaban la reacción de los catalanes como si fuera efímera espuma de cerveza aguada. Solo una exigua, casi insignificante, minoría transita de la indignación a la actuación en positivo. Pero incluso estos, los que se movilizan a favor de lo que sea, no van sobrados de convicción, fervor o entusiasmo. Pronto se les deshincha, si alguna vez había sido alta, la confianza en los resultados. Como tantas veces en el pasado, los movimientos de la sociedad con intenciones de cambiar las cosas han sido frustrados, bloqueados y al final aniquilados. Parece que conecten, que adquieran fuerza, pero en un plazo cada vez más corto pierden comba. Tal vez por un empuje insuficiente, tal vez porque la sociedad está tan escaldada que es incapaz de engranar para propiciar un movimiento. En Catalunya, todo el mundo refunfuña y nadie actúa. A Catalunya, país de descreídos y desconfiados, le falta vitalidad y vivacidad. No iba nada sobrada, y encima las va perdiendo.

La desmovilización no ha sido total. Más bien ha habido un avivamiento en los últimos meses. Pero es ahora, en precampaña, en la cosecha, cuando las plataformas ciudadanas en favor de nuevas iniciativas desfallecen. Así, el escaso voluntariado vuelve a casa con cierta impresión de haber malgastado las energías en iniciativas que, por ahora, no redibujan nada. Machacar en hierro frío frustra. Sigo pensando que la manifestación contra la sentencia es el marcador más importante de una amplia corriente de fondo soberanista preexistente y aún creciente, pero por ahora no tiene dónde aferrarse. Corriente de fondo soberanista, desánimo y desorientación en la superficie.

Es preciso hacer constar otra diferencia. Pujol lideraba un movimiento. Maragall tenía plataformas. Carod, entusiastas. Montilla y Mas no se han puesto manos a la obra. Tampoco Puigcercós. Y eso que es época de redes sociales. Seguro que los tres tienen los pies en el suelo, tal vez demasiado para los gustos y los usos de este país. En consecuencia, es lógico que las energías movilizadoras descritas hayan pasado de ellos. Una de las características de estas elecciones es el escepticismo hacia los líderes. «Quiero lo que queréis vosotros, pero no con vosotros al frente».

El intento de radiografía que transmito tiene una traducción llamada abstención transversal. Corrijo un error de óptica anterior, que me llevaba a prever que los abstencionistas de las últimas convocatorias irían a votar como un solo hombre, mientras que la abstención crecería entre votantes de izquierda. Ahora el desánimo cunde y eso puede acabar corrigiendo los sondeos en un sentido de menor descalabro para el PSC y menor euforia para CiU. También parece que la apatía afecte a las expectativas ciudadanas sobre la naturaleza y el alcance del cambio. ¿Qué esperan los catalanes de la nueva etapa? ¿Que debatamos en realidad ante qué bifurcación histórica nos encontramos? Todo eso se ha diluido o se ha espesado. Los partidos se apuntan a los mensajes en negativo, tal como denunciaba Albert Sáez. Si el desánimo se consolida, el nuevo presidente partirá de cero. Los caminos los tendrá que proponer una vez investido. La confianza se la tendrá que ganar.

Quizá conviene recordar que en torno a Obama se creó un formidable apoyo social, que ahora se ha desentendido de su aprieto. También que Sarah Palin, una impresentable en Europa, ha fundado un movimiento capaz de influir de verdad. Quizá deberíamos aprender un poco de los americanos, si no de nuestra propia historia.

Tenemos una sociedad propensa a desconectar y denunciar, pero no a creer ni confiar. Los catalanes aún combinamos el salvaje corazón de Ausiàs March y Riba con las actitudes insensibles que denunció Espriu.Escritor.

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