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La expulsión de gitanos rumanos y otros atropellos

Pecados europeos

Francisco Veiga

Desde hace 20 años, con el fin de la guerra fría, los abusos con las minorías se meten bajo la alfombra

El escándalo de las deportaciones de gitanos rumanos en Francia posee una dimensión de amnesia colectiva que resulta preocupante. En relación a Sarkozy, no debería extrañarnos tanto de qué es capaz. Es el mismo político populista de siempre, que hace tres años ya proponía medidas como la castración química contra determinados delitos de raíz patológica. Propuestas que deleitaban a ciertos sectores de nuestra prensa conservadora. Sarkozy inspiró la cultura política de la prohibición, la medida tajante y el desplante. De ahí, según algunos analistas, la verdadera razón de la virulenta protesta en Francia. De otro lado, Angela Merkel, con ojos turbios, acaba de proclamar algo que ya no podía contener su corazón de ossie: que la multiculturalidad ha fracasado en Alemania.

Pero nada de esto es nuevo. Desde hace 20 años, los pecados europeos se meten bajo la alfombra. ¿Por qué 20 años? Porque antes vivíamos en guerra fría y todo doble rasero se supeditaba a la victoria contra el imperio del mal. Pero es que la doble vara de medir resulta muy golosa. Así, cuando ya no queda ni rastro de aquella contienda bipolar, las autoridades de la UE, y de muchos de los países miembros, han seguido tirando del doble estándar para ningunear o esconder todos aquellos abusos, que están a la altura de las deportaciones de gitanos rumanos.

Es bien conocido el problema de la minoría rusa en Letonia, que alcanza el 28% de la población de la república: el Gobierno no reconoció el ruso como lengua minoritaria, a pesar de haber firmado el convenio marco para la protección de las minorías nacionales, del Consejo de Europa, en el 2005. Lo peor es que ni siquiera se mostraba dispuesto a que esa minoría adquiriera la nacionalidad letona, y, en consecuencia, se formó una bolsa de apartheid que trastornó a Bruselas durante varios años. Actualmente, la crisis económica, que golpea con fuerza a los países bálticos, ha bajado muchos humos. Hace falta la colaboración de todos, y la cuestión de la minoría rusa parece que se va arreglando, muy despacio.

Aunque posiblemente no se regularice nunca. Vean, si no, cómo se cubrió las espaldas el presidente checo Vaclav Klaus: hace casi un año condicionó su aquiescencia a firmar el Tratado de Lisboa a cambio de que nadie le fuera a reivindicar nunca la posibilidad de compensar a los alemanes de los Sudetes, minoría limpiada étnicamente en 1945. Fue un escándalo de tomo y lomo, pero rápidamente se escondió bajo la alfombra: lo importante era aprobar el tratado pasando por encima de lo que fuera. Mal comienzo.

Vamos a centrarnos en un caso más desconocido de limpieza étnica administrativa ¿Han oído hablar de los borrados? En febrero de 1992, a los dos meses escasos de haber obtenido el reconocimiento internacional de su independencia, la flamante República de Eslovenia decidió eliminar del registro de residentes, mediante un procedimiento secreto y sin informar a los interesados, a todos los que no habían solicitado la ciudadanía eslovena en los seis meses posteriores a la independencia. Eso afectaba a miles de serbios, croatas, bosnios, macedonios, gitanos, pero también eslovenos nacidos en el extranjero o yugoslavos eslovenos. De la noche a la mañana, los borrados se convirtieron en residentes ilegales. En el mejor de los casos, perdieron el derecho a empleo, pensiones o asistencia médica. Pero, como además eran residentes ilegales, muchos fueron obligados a dejar el país; incluso hacia Croacia o Bosnia, por entonces en plena guerra.

El asunto trajo de cabeza a la ONU y a Amnistía Internacional. Tras muchas presiones, consiguieron que la Corte Constitucional eslovena condenara en dos ocasiones la ilegalidad y la anticonstitucionalidad de la medida. Pero solo en el 2003 se emitió una sentencia por la que se obligaba al Gobierno a enmendar el desafuero, y a indemnizar a las víctimas. Ni por esas: los ejecutivos eslovenos consideraban que aquello no iba con ellos. En el 2006, el Gobierno incluso ejecutó represalias contra periodistas que intentaban protestar por este y otros abusos. Y dos años más tarde, el entonces presidente del Gobierno, Janez Jansa, presidía la UE. Solo recientemente, en marzo de este mismo año, parece haberse solucionado el problema de los borrados. Pero han pasado 18 años de impunidad.

Ante estos abusos, tirar balones fuera trayendo a colación la ya lejana segunda guerra mundial, como hizo la comisaria Reding, es la forma más ineficaz de abordar el problema. No solo sirve para conceder un asidero victimista al Gobierno denunciado, sino que además evita que salgan a la luz atropellos mucho más recientes, más de nuestra era, de esos que están construyendo el mal camino que lleva Europa. En otra ocasión hablaremos del programa de eugenesia aplicado en Suecia entre 1935 y 1975 para personas de «raza mixta, poca inteligencia o con defectos físicos»: 63.000 esterilizaciones.

Profesor de Historia Contemporánea de la UAB y coordinador de Eurasian Hub.

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