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El objetivo para después de las elecciones autonómicas

Salir del atolladero

Xavier Bru de Sala

Si algo se debe dar por seguro es que Catalunya no se halla en la estación final de su autogobierno

Todos damos por hecho el cambio en la plaza de Sant Jaume. Ahora deberíamos aclararnos sobre el contenido del cambio. Según un punto de vista ampliamente compartido, sería necesario salir del atolladero en el que se encuentra Catalunya. Tendremos que dejar para más adelante un intento de análisis ecuánime sobre el cómo hemos llegado al fondo de un callejón sin salida. Tan solo apuntar que los errores propios son gordos, que las responsabilidades son compartidas. También, que la causa principal proviene del neocentralismo hispánico. Que a Montilla le ha tocado presidir este final de ciclo porque los hechos, los hechos, se le han vuelto en contra. Si el impulso estatutario ha acabado en fracaso, no es porque no se hayan unido esfuerzos políticos, mediáticos y civiles para propiciar un final menos infeliz. Es legítimo no compartir el diagnóstico, pero van contra la evidencia los que proclamen el éxito del proceso estatutario. Si algo debe dar todo el mundo por seguro es que Catalunya no se encuentra en la estación final de su autogobierno. Hay más problemas, pero los restantes están imbricados en este. Crece la corriente de fondo de la insatisfacción.

Se trata de enfocar bien la próxima legislatura. No digo que salir del atolladero sea fácil ni inmediato, porque es probable que sigamos en él una buena temporada. A pesar de eso, el inmovilismo, el conformismo, el sometimiento y el mañana será otro día, mientras tratamos de poner morralla en el cesto, son de las peores recetas que se pueden prescribir. Lejos de agachar la cabeza, el soberanismo, o los soberanismos, porque los hay de muchos tipos, señalan vías que muchos preferirían no transitar si existiera otro remedio.

Es preciso considerar que el atolladero no es tan solo autonómico, sino, además, económico, cultural y moral. ¿Cuáles son los objetivos para los próximos años, aparte de maniobrar bien en la larga salida de la crisis o mejorar en el sistema de enseñanza, que también va para largo? Más que un gestor más o menos acertado, y eso dependerá de su Gobierno, el próximo presidente debe liderar el nuevo ciclo para Catalunya. Acercarse a la sociedad, y no para tejer apoyos o hacer intercambio de complacencias, sino para estimular su protagonismo, su exigencia y, a partir de ahí, la restauración progresiva de la confianza.

Entre la mediocridad que domina el panorama, sobresalen un buen número de islas de excelencia. En todos los terrenos, empresarial, universitario, científico, social o cultural. La estrategia consiste en señalar su ejemplaridad, reforzarlas, conectarlas y erigirlas en tierra firme transitable. Todo eso, y ser poco contemporizadores con quienes en el otro extremo arrastran al país hacia su pequeñez, mezquindad o bajeza de miras. Con los instrumentos actuales, por deficientes que sean, es posible un cambio en sentido regenerador. Además, es deseado, en Catalunya y en ninguna otra parte de España. Hay mucho lodo, y apestoso, pero las islas de excelencia también son ejemplo de integridad y honradez.

En síntesis, una nueva Catalunya hacia dentro, mucho más exigente consigo misma. Y no combinada con alguna reedición de la España hacia fuera, sino en la autoafirmación. Todas las elecciones autonómicas se han dilucidado no en clave de gobierno sino de autogobierno. En este aspecto crucial, el president Pujol se hartó de anunciar fracturas sin descantear nunca una taza. Al president Montilla se le ha pasado el arroz de la confrontación. No osó cuando tenía ocasión y más tarde ya le fue imposible. Entonces solo le quedó la carta del Constitucional y ya sabemos cómo ha acabado la cosa. Artur Mas también tendrá ocasión de plantarse, una vez vista la equivalencia, según Madrid, entre pacto y sumisión. No hay que buscar nunca la confrontación democrática, pero es preciso estar preparado para hacerse respetar.

Todas las amenazas del presente se convertirán en desgracias si predominan las actitudes acomodaticias. La sociedad catalana dispone de suficientes energías y no se conformará con pequeñas mejoras, parciales o simuladas, en lugar de cambios en profundidad. El catalanismo ha liderado siempre la sociedad por la capacidad de propuesta, de objetivos, de ilusión, de empuje. La credibilidad histórica le viene también por no haber sido nunca ni impotente ni cínico. Eso le distingue y le enaltece. El riesgo de caer en la impotencia y el cinismo es ahora más elevado que nunca. Este lujo no puede permitírselo porque equivaldría a perder, no solo la credibilidad, sino algo mucho más importante: la convicción. Y sin convicción no hay propósito.

Según todas las previsiones, Artur Mas ganará, pero es a partir de la investidura cuando habrá que empezar a ganar la credibilidad. Partimos de la pérdida de confianza de una sociedad y unas élites desprovistas de proyecto. Si no gana la credibilidad, habrá perdido el tiempo, se dedicará a evitar ser barrido, será barrido. Sin proyecto colectivo, ni Catalunya se puede considerar nación ni el catalanismo tiene sentido.

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