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Gente corriente

Veronique Serfass: "Lo mío con el Poblenou fue un flechazo, un flas"

GEMMA TRAMULLAS

Gestiona y trabaja en la antigua fábrica La Escocesa de Poblenou, reconvertida en talleres que hoy ocupan 30 artistas.

-Usted no es del barrio.

-Hace siete años que vivo y trabajo aquí. Vine de París, donde todo el mundo es anónimo, y en este barrio encontré tranquilidad, proximidad, pequeños rincones que te permiten estar en contacto con la vida, tomarte el tiempo para vivir. Lo mío con el Poblenou fue un flechazo, un flas.

-¿No vivía bien en París?

-Vivía rápido y ganaba dinero, pero aquella vida no me llenaba. Era directora artística de publicidad y de proyectos multimedios, pero lo que hacía no me parecía útil para mí ni para los demás. Me di cuenta de que aquel no era mi camino. Podía hacer dos cosas: cambiar o seguir igual.

-Está aquí. O sea que cambió.

-Entré en una depresión muy potente, tenía una sensación de vacío total. No tenía elección, tenía que enfrentarme a mis necesidades, así que decidí dejarlo todo y empezar de cero. En tres semanas arreglé mis cosas en París, negocié el paro, alquilé mi piso, me despedí de mis amigos y vine a compartir un piso.

-Empezar de cero da pánico.

-Tengo ventaja. Nací en Costa de Marfil y crecí en África. Mi padre daba clases en universidades africanas y cada tres años cambiábamos de país: Senegal, Madagascar, Kenia… Estoy acostumbrada a dejar cosas atrás y a volver a empezar. Aunque no crea que fue así, chas. Fue muy duro, tuve que reaprender a vivir. Pero cuando aprendes a levantarte sola, o te mueres o te vuelves muy fuerte.

-¿Qué hizo al llegar al Poblenou?

-Durante los primeros seis meses no tuve contacto con Francia y me encerré en un estudio del Taller Caminal, que ya no existe. Siempre había estado en contacto con artistas y quería probar si a mí también me saldría la llama, la conexión con el arte.

-¿Así? ¿De golpe?

-Sí. Solo tenía seis pinceles y un caballete. Me puse a pintar al óleo, cuando no lo había hecho nunca, y luego trabajé la materia: cemento, arena... No pensaba en lo que hacía. Soy autodidacta y visceral; lo que me sale, me sale. Y fue un chorro continuo, como si años de retención salieran disparados así, fuá, como una fuente. Entré en un estudio vacío y en seis meses ya lo había llenado.

-Encontró su camino.

-Y luego pude empezar a desarrollar proyectos míos más contundentes, como el de los tatuajes.

-¿Tatuajes?

-Utilizo mi propio cuerpo como soporte de un trabajo espiritual bastante contundente. Me he tatuado siete palabras en la piel.

-¿Qué palabras?

SEnDLife [vida], will [voluntad], truth [verdad], faith [fe], strength [fuerza], love [amor], courage [valor]. Son palabras con un significado muy potente.

-A ver...

-Mira. La tinta se ha quedado debajo de la piel y el tatuaje tiene relieve.

-¡Uf! Impresiona. Parecen heridas.

-Es parecido a la técnica de la escarificación [scar significa herida], y en ese sentido me conecta con África.

-¿Qué relación tiene con su cuerpo?

-Nací en África, donde el desnudo se vive de forma natural, pero tuve una educación occidental, agravada por el hecho de que mi padre era protestante. Esto creó un caos en mí. No sabía dónde ubicarme física y culturalmente. Necesitaba volver a construirme a partir de mi propia experiencia. Durante mucho tiempo no quise mirarme.

-¿Y cuándo empezó a mirarse?

-Me había desnudado por amistad con algunos artistas que me lo pedían, pero aquellas sesiones eran una tortura para mí. Fue entonces cuando empecé a mirar mi cuerpo.

-Y ahora trabaja rodeada de fotos de su cuerpo desnudo. ¿Por qué?

-No me interesa mostrarme como Veronique Serfass, lo que me interesa es la parte animal, la que todos tenemos en común. Mi cuerpo es lo que es; mira, no es perfecto. Me gusta enseñar el cuerpo con lo que tiene de crudo y de real, eso le da cierta belleza. Puedo hablar del cuerpo que nunca me gustó, hacer algo que me gusta, convertirlo en algo precioso, de valor, en arte.

-¿Ir rapada es como ir desnuda?

-Para mí sí, está muy conectado con la sinceridad y la honestidad. Llevar la cabeza rapada me lleva a dos cosas fundamentales: me siento muy fuerte para mostrarme como soy y al mismo tiempo me sitúa en una posición muy vulnerable. Esta vulnerabilidad me costó mucho de aceptar. Siempre di la imagen de mujer fuerte y segura, y eso era parte de lo que quería dejar atrás.