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DOS MIRADAS

La victoria de Maragall

Emma Riverola

Carmen, la anciana militante del PSC, no reconoce a su admirado Pasqual Maragall cuando este la visita en la residencia. No aprecia su gesto de cariño, ni sus palabras, ni la fotografía que le entrega. Ni siquiera percibe el dolor y el miedo que puede sentir Maragall al ver reflejado su propio naufragio en el rostro robado de la amiga.

Esa escena de Bicicleta, cuchara, manzana, el espléndido documental de Carles Bosch, ilustra cómo cada minuto de la vida de Maragall se convierte en una agotadora batalla contra el alzhéimer. Una lucha que, por deseo propio, ha decidido librar ante nuestros ojos. Una guerra dura, penosa y perdida para él. Pero un triunfo para todos. Porque su empeño va mucho más allá de los avances médicos que pueda conseguir la fundación que él preside. Con su decisión, Maragall nos regala una última y sublime lección de política: convertir su derrota personal en un primer paso hacia la victoria pública sobre el mal. Su gesto es un símbolo de compromiso y de voluntad de servicio. De política de verdad. De esa que no cosecha titulares.

La crisis y la desilusión golpean, pero conviene recordar que más allá de la corrupción, de los Millet y de las comisiones del 3% -por usar las palabras de Maragall que, según Hacienda, quizá se quedaran cortas-, también la dignidad se instala en el poder. Nuestro reconocimiento será su última y definitiva victoria.

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