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La presencia de Occidente en Asia central

Hay otras soluciones para Afganistán

Francisco Veiga

El tendido de una línea férrea implicaría a numerosas autoridades locales y a los señores de la guerra

Todos los conflictos tienen dos formas de ser abordados y solucionados: política o militarmente. El paso de recurrir a la fuerza como continuación de una solución política fracasada suele considerarse algo natural. Dar marcha atrás es más complejo, porque el estamento castrense tiende a considerarse doblemente derrotado: por el enemigo, al que no ha logrado doblegar, y por los políticos que dicen resolver el asunto sin tantos tiros.

¿Hay una solución política para Afganistán? Desde luego que sí: siempre la hay o debería haberla. Precisamente, el problema allí fue

-como en Kosovo, como en Irak- acudir con los ejércitos sin haber arbitrado un plan político. Es más: la solución militar, como siempre, está hipotecada por unos ritmos y unas premuras que se vuelven más agobiantes conforme pasa el tiempo. Las guerras hay que ganarlas: cuestan vidas y dinero, y todo lo que no destruye al enemigo, lo fortalece. La acción política, por contra, no tiene el tiempo tan en su contra, no es tan fiscalizable. Hablar de solución política en Afganistán no pasa necesariamente por la convocatoria de elecciones y más elecciones. Debe entenderse en un sentido más amplio. Por ejemplo, la voluntad de beneficiar a la gran mayoría de la población impulsando proyectos de desarrollo de gran alcance.

Un ejemplo: desde hace ya algún tiempo, se está impulsando la idea de dotar a Afganistán de una red ferroviaria. A simple vista parecería que esto es algo totalmente ajeno al drama que vive el país, pero es justamente todo lo contrario. Afganistán es uno de los pocos países del mundo que no posee red ferroviaria. Este fenómeno es consustancial al papel que adjudicaron las grandes potencias al país, a partir de fines del siglo XIX: Afganistán debería ser un buffer state (estado tampón), un país destinado a separar al Imperio Británico del ruso. Esa categoría de tierra de nadie ha hecho de Afganistán un verdadero agujero negro, aislado y pobre.

El ferrocarril afgano aprovecharía el trazado de la denominada Ring Road, la carretera circular construida por los británicos en el siglo XIX, y que, como una enorme ronda, conecta todos los rincones del país. Eso movilizaría los intercambios entre los centros urbanos y las provincias de un país tan fragmentado como es Afganistán. También implicaría en el negocio del tendido a numerosas autoridades locales y señores de la guerra, cuya actividad económica actual gira en torno a las armas y al tráfico de heroína. Pero, sobre todo, haría de Afganistán un núcleo de gran importancia para el tráfico ferroviario en toda Asia central y meridional. El país dejaría de ser un agujero negro, un buffer state, y se convertiría en todo lo contrario: en un hub o centro neurálgico.

¿Acaso los ferrocarriles de Asia central tienen tanta importancia? China ya está impulsando corredores ferroviarios de alta velocidad que unirán Londres o Estambul con Pekín, capaces de atravesar el continente eurasiático en un par de días. Eso supondrá una revolución económica para China, Rusia, Asia central, y Europa. Se va a mover mucho dinero y, a no dudar, será una de las grandes obras que contribuirá a superar la crisis mundial.

La idea de que tender una línea férrea en Afganistán resulta imposible porque el país está en guerra supone poner el carro delante de los caballos. Primero, porque es el conflicto el que está abonando una economía de guerra, y es necesario recuperar una economía de paz. En segundo lugar, porque la obra férrea, convenientemente defendida, contribuirá a implantar la seguridad. Y no resulta difícil de hacerlo, dado que la guerra allí es de baja intensidad, y los talibanes no poseen aviación militar ni medios para contrarrestar una vigilancia con medios modernos. Pero, sobre todo, ya se están tendiendo tramos de vía férrea. Por ejemplo, el 25 de mayo pasado se inauguró la línea férrea de Hairatan, desde la frontera uzbeca. Que se sepa, el tráfico por esa vía no ha sido atacado, a diferencia de los convoyes de camiones cisternas, altamente vulnerables, que los talibanes destruyen con gran facilidad. Entre los resultados finales de la Conferencia de Kabul, celebrada el pasado julio, se mencionó la necesidad de tender diversos tramos de vías, integrables en un futuro corredor ferroviario. Ahora empieza a saberse que el capital chino está presente en la operación.

A todo esto, entre las delegaciones que estuvieron presentes en la inauguración de la línea de Hairatan, no estaba la española. Todo este asunto del ferrocarril afgano hubiera supuesto un buen negocio para las empresas del sector, dado que España es líder europeo en tecnología de cambio de ancho de vías, y en Afganistán empalmarán nada menos que los sistemas ruso, británico, chino e iraní. Pero, por lo visto, es más racional explicar que se siguen enviando soldados cuya misión principal es, a estas alturas, asegurar su propia seguridad; y seguir gastando un millón de euros diariamente.

Profesor de Historia Contemporánea de la UAB y coordinador de Eurasian Hub.

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