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Los cambios en las relaciones internacionales

La era posamericana

Carlos Carnicero Urabayen

La interdependencia del mundo globalizado debería forzar a cooperar a los poderes emergentes y los consolidados

Esta vez Barack Obama no subió a un portaviones con cazadora de piloto de combate como hizo hace años George W. Bush para clamar «misión cumplida». Obama habló a los norteamericanos desde su oficina y con gesto serio anunció la retirada de las tropas de Irak. No hubo mística militar y ni siquiera proclamó victoria. Mientras el 65% de los norteamericanos creen que su país está en declive, el discurso de su presidente parece la puesta en escena del final de una época, en la que Estados Unidos seguirá siendo un poder global, pero no el único decisivo.

Tras la guerra fría, EEUU emergió como poder hegemónico. Durante los años 90 hizo un ejercicio inteligente de su poder. Cuando Sadam Husein invadió Kuwait, la comunidad internacional reaccionó unida y bajo el liderazgo norteamericano expulsó a las tropas iraquís del territorio ocupado. En las guerras de los Balcanes, ante la incapacidad de los europeos de imponer la paz en su propio continente, EEUU jugó un papel determinante. Algo parecido ocurrió en Kosovo en 1999, cuando intervino para frenar la limpieza étnica patrocinada por Milosevic. Si bien no todas las acciones fueron exitosas -los soldados norteamericanos salieron de Somalia en 1994 sin lograr sus objetivos- ni conformes a la legalidad internacional -la intervención en Kosovo se hizo sin resolución del Consejo de Seguridad de la ONU-, sí dieron idea de una utilización prudente del poder hegemónico norteamericano.

Durante la década del 2000, calificada por la revista Time como «la década del infierno», el poder norteamericano seguía sin tener contrapesos, pero Bush creyó que tampoco tenía límites. Para los norteamericanos, el 11-S cambió el mundo, pero sobre todo les cambió a ellos mismos. En el 2003 invadieron Irak mediante una irresponsable guerra de elección que descuidó la guerra de necesidad que se libraba en Afganistán. También se creó un centro de tortura en Guantánamo, que ahora Obama quiere, pero no puede, cerrar. El coste de las guerras -más de un trillón de dólares- endeudó la economía norteamericana de tal forma que cuando en el verano del 2008 cayó el gigante Lehman Brothers la economía estaba demasiado debilitada para reaccionar.

Obama ha restaurado la imagen de EEUU en el mundo, pero no ha logrado poner freno a su decadencia. La salida de Irak ha sido el cumplimiento de su promesa electoral, pero ha evidenciado los más que modestos y cuestionables logros de una guerra de más de siete años que ha costado la vida a cientos de miles de iraquís y miles de soldados norteamericanos. Si Obama no ha clamado victoria en Irak tampoco lo hará en Afganistán, donde el final de la guerra requerirá la reconciliación nacional y la integración de sectores talibanes. ¿No es revelador que el precio de la victoria sea pactar con quienes dieron cobijo a Bin Laden, enemigo número uno de EEUU? La ralentización de los planes para incorporar a Ucrania y Georgia a la OTAN -después de que el oso ruso sacara las garras en el verano del 2008- o la aparente tranquilidad con la que el régimen iraní continúa enriqueciendo uranio confirman la entrada en un nuevo tiempo.

Hay una ley de vasos comunicantes en la política internacional: cuando un poder baja, otro sube. Después de las dos guerras mundiales, el centro de gravedad se desplazó de Europa a EEUU. Ahora nadie cree que Europa pueda recuperar el espacio perdido, entre otras razones, por un problema demográfico serio y por su indecisión a fortalecer la acción concertada de su política exterior y de defensa. A Obama, con la atención puesta en el Pacífico, se le ha bautizado como el primer presidente «posatlantista», pero ¿aspira China a ocupar el puesto de mando que parece descuidar EEUU?

La crisis mundial ha incorporado la paradoja de que muchos admiren la forma en que el Partido Comunista Chino gestiona la peor crisis del capitalismo. De hecho, China acaba de superar a Japón como segunda economía del mundo, mientras Europa y EEUU no se ponen de acuerdo en la forma de remontar su caída. Sin embargo, como sugiere el profesor británico Michael Cox, son prematuros quienes asimilan el ascenso chino con su potencial dominación. China no tiene un sistema político y económico exportable, su régimen tiene una débil legitimación frente a la población -dependiente en exclusiva del crecimiento económico- y su renta per cápita es todavía equivalente a la de países como Georgia o Armenia.

En esta era posamericana la interdependencia generada por la globalización debería forzar la cooperación entre los poderes emergentes y los consolidados, siquiera para evitar su hundimiento. No es casual que coincida la revitalización del G-20, facilitador de la gobernanza económica mundial, con el descenso del poder norteamericano. Europa lleva décadas añorando un mundo de varios polos, pero ahora le toca actuar. Lo que sí parece claro es que en este nuevo tiempo ni EEUU será irrelevante ni China será la superpotencia que fue EEUU tras la guerra fría. Master en Relaciones Internacionales de

la UE por la London School of Economics.

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