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Casi siete años después de cerrar las puertas del local de la calle de Montseny, a finales de este mes la familia del Teatre Lliure volverá a casa. El mítico escenario de Gràcia, ahora remodelado, mantendrá el espíritu que vio nacer en 1976 un proyecto renovador del teatro catalán, fruto de la energía que emergió de la Assemblea d'Actors i Directors y del Grec de entonces, una apuesta por la calidad y el repertorio que, con los años, se ha convertido en uno de los centros artísticos con más renombre del continente.

El Teatre Lliure ha pasado a lo largo de su historia por muchas vicisitudes, que desembocaron en la creación de la Fundació Teatre Lliure-Teatre Públic de Barcelona y en su desembarco en la sede de Montjuïc, pero siempre ha palpitado en sus creaciones el embrujo que desprendía la primera sede en Gràcia, aquel teatro humilde, hoy renacido, que perteneció a la Cooperativa Obrera La Lleialtat. El ideario cooperativista, de trabajo colectivo y esfuerzo modélico, tiene ahora otras formas, pero conserva la magia que le imprimieron sus creadores, el malogrado Fabià Puigserver o quien será su nuevo director, Lluís Pasqual, por citar solo dos entre la gran familia del Lliure. Àlex Rigola cierra su etapa como responsable con el montaje Gata sobre teulada de zinc calenta, a estrenar el día 30 de septiembre, una fecha que volverá a ser histórica para el teatro catalán. Generaciones distintas, públicos distintos y un mismo objetivo cumplido: conseguir la excelencia desde la humildad, el tesón y la ilusionada renovación de un ideario.