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El futuro de la capital catalana

El reto de la Barcelona federal

Joaquim Coll

Hereu hace bien en exigir un doble nivel de lealtad hacia la ciudad: de la Generalitat y del Gobierno

Con el inicio de septiembre entraremos en una carrera desbocada de propuestas y promesas electorales. El balance razonado de la presidencia de José Montilla será en este contexto imposible. Habrá que esperar un tiempo todavía más largo para sacar a la luz todo lo que ha dado de sí la suma de los siete años de gobiernos tripartitos, marcados desde el principio hasta el final por la maldición del Estatut. Es cierto que la fórmula inaugurada en el 2003 ha quedado gravemente dañada, hasta el punto de que es improbable su reedición. Con todo, cuando miremos con perspectiva lo hecho durante este periodo veremos que en muchos temas se han dado pasos decisivos. Pienso, por ejemplo, en la ley de barrios, en la sexta hora educativa en la escuela pública, en la construcción de centros sanitarios o guarderías, en la política de agua o en los planes de ordenación territorial. Pero las expectativas y las exigencias han sido tan altas que casi todo ha parecido poco o que llegaba tarde. O, peor incluso, casi nada de lo hecho ha conseguido sumar.

Por eso me parece interesante el ejercicio que hizo, a finales de julio en el CCCB, el alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, con el objetivo de establecer un balance de lo realizado, lo que está en curso y, sobre todo, de lo que queda por hacer desde el punto de vista de los intereses barceloneses y metropolitanos. No olvidemos que los 23 años de gobiernos de CiU estuvieron marcados por un grave desencuentro entre la Generalitat y los ayuntamientos, particularmente con Barcelona, hasta el punto de que el pujolismo construyó el autogobierno catalán al margen de la capital. El cambio de dinámica en estos años ha sido radical.

Hereu vive hoy sus horas políticas más bajas, aunque su primer rival, Xavier Trias, tampoco despierta entusiasmo. Su principal promesa es «mantener todo lo que desde el ayuntamiento se hace bien y cambiar aquello que no funciona» si consigue la alcaldía. Lo que no se sabe si es un programa de mínimos o de máximos, o sencillamente un intento por aparecer como un candidato neutro que tan solo aspira a aprovecharse del desgaste de 32 años de alcaldes socialistas y, sobre todo, de la crítica implacable a la que ha sido sometido el gobierno municipal por parte de la prensa conservadora de la ciudad. Desde el primer día, algunos medios vieron en Hereu el eslabón débil del socialismo catalán y han ido a degüello, sin contemplaciones. La enorme dificultad del actual alcalde por hacerse con un liderazgo político, por atajar ciertos problemas de civismo en el centro de la ciudad y la magnificación de algunos errores propios, como la consulta sobre la Diagonal, han hecho el resto. Si finalmente el PSC pierde la alcaldía de Barcelona, pese a poder esgrimir una de las mejores transformaciones urbanas de Europa y el desarrollo de políticas culturales y de promoción económica de incontestable éxito, podremos dar por buena aquella afirmación que dice que las elecciones no las gana casi nunca la oposición sino que, si acaso, las pierde el Gobierno.

La citada intervención de Hereu tuvo un discreto eco, pues seguíamos atrapados en la discusión, algo metafísica, sobre el alcance del recorte estatutario. No obstante, creo que el alcalde hizo un ejercicio interesante para deslindar lo relevante y sustancial de la acción pública de aquello que es accesorio. Acertó en levantar acta de las exigencias de Barcelona frente al próximo Govern de la Generalitat. No dudó antes en subrayar el salto de escala dado en estos años en inversiones en el conjunto del área metropolitana, por ejemplo, en la construcción de más kilómetros de metro, en vivienda protegida o en políticas sociales.

Después pasó a enumerar los contenidos de lo que él denomina «agenda Barcelona 2020», o sea, la concreción de las necesidades de la ciudad, en su dimensión metropolitana y en un escenario a medio plazo, mediante una serie de enunciados que lo abarcan todo, desde la cohesión social, la seguridad ciudadana, la promoción económica y el empleo, los equipamientos, la formación profesional, los campus universitarios, el metro y las cercanías, hasta el corredor mediterráneo, el puerto y el aeropuerto.

Hereu hizo bien en exigir un doble nivel de lealtad hacia Barcelona desde una lógica federal. Del Govern de Catalunya para con su capital, que ejerce además otras capitalidades en Europa y en el mediterráneo, y también del Gobierno de España hacia una ciudad que tiene luz propia en el mapa de la globalización y que, por tanto, puede ejercer un liderazgo a nivel español en muchos temas. Por eso, el alcalde reclamó que la ciudad acoja más organismos estatales.

Solo la asunción plena de una lógica federal entre Barcelona, Catalunya y España asentará una dinámica positiva de suma, de cooperación. La vocación cosmopolita de Barcelona surge precisamente de su voluntad de ser referente, desde su catalanidad, pero también desde su estrecho vínculo con la hispanidad en el escenario europeo y mundial. Y es que Barcelona no quiere escaparse del debate Catalunya/España, porque es parte de su solución, necesariamente federal. Gane quien gane, este sigue siendo el reto.

Historiador.

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