06 abr 2020

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Gente corriente

Maria Boj: «Hay cosas más duras que la montaña. La vida misma»

Gabriel Pernau

Nacida en Girona en 1932, Maria Boj sufrió las miserias de la guerra y de la posguerra, trabajó desde los 14 años, se casó y educó tres hijos. Hasta que, después de haber cumplido los 65, el mundo se le derrumba con la muerte de su marido. Para ayudarla a salir de la depresión, uno de los hijos la anima a salir de excursión. A su edad, muchos jubilados optan por quedarse en casa. A ella, la montaña le abre nuevos horizontes.

–Empecemos diciendo que su hijo (Francesc Masó) no es un montañero cualquiera.

–No. Participó en la primera expedición gerundense al Everest, ha hecho cimas como el Cho Oyu o el Mackinley y con unos socios tiene una empresa (Giroguies) que organiza trekkings por todo el mundo.

–Me ha comentado su hijo que antes a usted la conocían como la madre del Francesc y que ahora es al revés: es el hijo de Maria.

–Mi suerte ha sido él. Si no hubiese confiado en mí, no habría podido ir a ninguna parte, porque según quien no me habría querido, tan mayor, en la montaña. ¡Y ya hemos hecho un montón de cosas! En 1998 hicimos la vuelta a los Anapurnas; la primera vez que me subí a un avión, en el 2007, fuimos hasta el campo base del Everest, y yo llegué hasta una altura de 5.700 metros; también estuvimos en Kirguizistán, y en Alaska hicimos caminatas muy bonitas.

–¿Recuerda las primeras salidas?

–Yo solo había hecho algunas excursiones, una vez al año, en Olot, pero acababa tan cansada que me quedaba una semana molida. Pero me metí en el centro excursionista, como ya era mayor no tenía que pagar cuota, y fui haciendo.

–¿Qué le aporta hacer montaña?

–Una gran satisfacción. Te cansas y al día siguiente por la mañana te levantas y algo te duele, pero según caminas te pasa. Cuando voy a la montaña, me marcho contenta y vuelvo contenta.

–Pero lo ha descubierto tarde…

–¡Demasiado tarde!

–En su época era más difícil iniciarse en estas actividades.

–Yo había trabajado siempre, ¡desde los 14 años! Y hasta 1984, que cerraron la fábrica. Tenía 52 años. Cuando era joven no habría podido hacer esto que hago ahora. Hay gente de mi edad que sabe esquiar, pero son hijos de casas ricas. La gente más corriente no podía.

–¿Envidia a la gente joven de hoy?

–Por una parte los envidio, porque tienen mucho por delante, mientras que a mí, todo se me va escapando. Pero me gusta que vayan a la montaña y que puedan hacerlo.

–¿Qué le dice su médico cuando le explica estas aventuras?

–Antes de empezar a caminar tenía dolor de espalda, y el médico me recomendó mucho reposo. Salí muy desmoralizada, porque queríamos ir a los Anapurnas, pero a pesar de todo fuimos. Al cabo de un año volví a la visita y el médico me dijo: «Veo que ha hecho todo cuanto le había dicho. Ha mejorado de calcio, está mejor de todo». Cuando mi hijo le dijo lo que había hecho, se quedó de piedra: «Pues Maria, no vuelva nunca jamás, porque eso que usted ha hecho yo no podría». Y era un señor joven, de unos 45 años.

–¿Y sus amigas qué piensan?

–Que me he vuelto loca. Aunque se lo explique, no se imaginan lo que hago. Alguna me dice: «Maria, que no tienes 20 años».

–Hay cosas más duras que hacer montaña…

–¡Claro que sí! La vida misma. Me gusta la montaña porque allí no me entero de nada. En el llano, si miras la televisión solo ves desgracias. En la montaña escuchas los pájaros y no te preocupas de nada.

–¿Alguna cosa que siempre lleve en la mochila?

–El frontal y tres pilas de repuesto. Porque por la noche me tengo que levantar, y necesito un poco de luz para salir de la tienda.

–Un pajarito me ha dicho que usted en el momento de caminar nunca va de los últimos.

–A veces también, sí. En la India y en Nepal me hacían ir la primera porque los jóvenes van demasiado de prisa y les sobreviene el mal de altura. A mi paso, podían ir siguiendo. Pero, ¿quién va detrás de una abuela? Todo el mundo es valiente.

–¿Hasta cuándo cree que continuará caminando?

–Eso no lo sé. En diciembre voy a la Gomera y por la Purísima creo que también iremos a Canarias. Ya he estado allí cinco o seis veces.

–¿La veremos en el Everest?

–No. Más arriba del campo base, para mí ya no…