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Hasta los niños lo hablan

Najat El Hachmi

Esto sucede en un ferri en las antípodas. Volviendo de la mayor isla de arena del mundo, la de Fraser, en el estado de Queensland, al noreste de Australia. Como todo el mundo quiere ver la puesta de sol, buscamos un rincón en la cubierta del barco. Hablo con mi hijo cuando descubro que precisamente a mi espalda hay un par de hombres treintañeros hablando en español. No les digo nada para no obligarles a iniciar una conversación por el mero hecho de conocer la misma lengua. Así me permito hacer el cotilla escuchando lo que dicen. De entrada me parece que no les he entendido bien, pero pronto me doy cuenta de que sí, de que en realidad dicen lo que ya me parecía: «¡Estos catalanes, es que están por todas partes!». Sigo sin decir nada, intrigada, primero por intentar averiguar si el comentario es una simple observación objetiva con su parte (de hecho, por toda Australia son unos cuantos los catalanes que nos hemos ido encontrando) o si bien es un enunciado para expresar una queja. Pronto veo claramente que se trata de la segunda opción dado que ambos siguen reiterando cuánto les molesta la cantidad de catalanes que llega a haber y por tantos lugares distintos. Además, por algún extraño motivo, a los dos conversadores o bien no les importa en absoluto que les oigamos despotricar a diestro y siniestro de la lengua que usamos o se creen que no les entendemos. Es una tendencia natural de la gente al estar fuera de su dominio lingüístico. Se dedican a criticar a todos cuantos están a su alrededor dando por sentado que nadie les entiende. Uno de ellos exclama: «Pero, mira, ¡si es que hasta el niño lo habla!». Como si ese capricho de utilizar un código que a ellos no les gusta fuera una perversión adulta. La situación da un giro importante cuando oímos a tres chicas catalanas y, ahora sí, iniciamos una conversación con ellas, aunque solo sea por el gusto de tocar la moral de unos pasajeros cargados de prejuicios. Observo cómo reaccionan y los veo cada vez más sulfurados mirándonos incrédulos. Al final, uno de ellos no puede más y suelta: «¿Qué pasa, que había oferta en Catalunya para venir a Australia?».

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