Ir a contenido

La reacción a la decisión del Tribunal Constitucional

Lectura positiva de la sentencia

Joaquim Coll

Ni el Estatut rompía España ni tampoco ahora es verdad que el fallo se cargue el pacto de 1978

Escribí en estas mismas páginas que no veía motivo justificado para secundar la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional (TC). Lo dije entonces a la vista del fallo y a la espera de conocer los fundamentos jurídicos. El TC decidió hacer públicos sus argumentos 24 horas antes de la manifestación y ello se interpretó al unísono en Catalunya como una intolerable provocación. Inmediatamente, empezaron a circular informaciones muy parciales sobre sus efectos castradores sobre la lengua, la financiación, las competencias, la bilateralidad, etcétera, que generaron sucesivas olas de indignación ciudadana y alentaron una asistencia multitudinaria a la protesta.

Por unas horas me arrepentí de haberme pronunciado tan alegremente. Tenía la sensación de quedarme fuera de la historia, a diferencia de aquel 11 de septiembre de 1977, cuando, con 10 años, acompañando a mis padres, tomé conciencia de la realidad nacional de Catalunya. Estuve incluso tentado de asistir. No me pareció prudente por diversas razones, pero sobre todo por una: ¿cómo se podía juzgar tan negativamente una cosa sin conocerla a fondo? Seguí a ratos la manifestación por los diversos canales públicos que la retransmitieron al minuto. Se dieron cifras de participación imposibles, pero, sin duda, fue un éxito rotundo, sobre todo del independentismo, que capitalizó la protesta. Me pareció escandaloso que el presidente de la Generalitat tuviera que abandonar la manifestación, aunque fuese ya al final, al ser increpado peligrosamente por radicales. Pero se presentó tan grave hecho como una anécdota. El fin de semana no resultó apto para hipertensos: ganó la Roja y las calles de nuestras ciudades se llenaron entonces de banderas españolas. Curioso contrapunto a la hegemonía discursiva del soberanismo. El lunes me lancé a leer los cientos de folios de la sentencia dispuesto a modificar mi juicio y a callar para siempre si estaba equivocado.

He leído con detalle los fundamentos jurídicos que sustentan el fallo y mi conclusión es inequívoca: la sentencia supone un claro aval a la constitucionalidad del Estatut. Coincido plenamente con Miguel Azpitarte en su artículo en EL PERIÓDICO del pasado jueves: la ruta de mejora del autogobierno permanece firme. La verdad irá abriéndose camino poco a poco. Ni el Estatut rompía España ni tampoco ahora es verdad que la sentencia se cargue el pacto de 1978. Frente a los muchos disparates interesados que se han dicho estas semanas, el informe del Govern concluye afirmando que la inmersión lingüística y la financiación están a salvo. El nuevo Estatut supone, además, avances muy sustanciales en el deber de conocer el catalán, entre otras muchas cosas. Ante artículos dudosos, la sentencia busca siempre la interpretación más acorde con la propuesta del abogado del Estado y las instituciones catalanas. En diversas ocasiones se descalifica la poca consistencia jurídica de los recurrentes. El PP sale con un fuerte tirón de orejas. Es cierto que en el preámbulo se impuso el sector conservador con el apoyo del díscolo doctrinario Manuel Aragón. Pura retórica que en nada modifica la constitucionalidad del texto. ¡Huyamos, por favor, de la metafísica!

Por lo demás, los recortes reales, seamos sinceros, son muy poca cosa. Hay que recordar que el PP había impugnado 136 artículos, de los cuales sólo uno se anula, 13 de forma muy parcial (significativamente con el voto de todos los magistrados) y 27 quedan condicionados a una lectura que mayormente clarifica dudas de procedimiento. Lo poco perdido se puede recuperar políticamente: Zapatero está dispuesto a ello. Por eso no salgo de mi asombro. Inexplicablemente, se ha regalado una victoria al PP. La regresión sale fortalecida por culpa de la torpeza del catalanismo, por otro lado más desunido que nunca. Nuestra psicología colectiva, propensa a sentirnos más cómodos en la derrota, tal vez nos haya jugado una mala pasada. Solo hay que mirar lo que dijo cierta prensa neocentralista los días posteriores al fallo. Desde el 10-J saborean la indignación catalana, mientras aquí otros se suman frívolamente a la idea de la secesión sin pensar en la fractura probable de la sociedad catalana. Me resulta incomprensible que ciertos intelectuales progres den por muerto el federalismo.

Otra cosa es que los ciudadanos de a pie no entiendan que unos jueces toquen ni siquiera una coma de un texto votado en referendo. Tienen toda la razón. Pero era previsible que, habiéndose suprimido el recurso previo de inconstitucionalidad, el Estatut acabaría en el TC. Es ilógico, pero nadie lo advirtió en su momento. Por eso, a la vista de una sentencia favorable, se impone la razón práctica: de nada sirve alimentar la hoguera de los sentimientos heridos. El presidente Montilla, habiendo defendido a capa y espada la integridad del Estatut, debe ahora retomar su mejor política apelando a los hechos, a las realidades. De lo contrario, Catalunya se encamina hacia un viaje a ninguna parte. El catalanismo ha de volver a ser maduro. Y eso pasa por ser capaces de hacer una lectura positiva de la sentencia. Razones no faltan.Historiador.

0 Comentarios
cargando