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Fotógrafa visionaria

Carme Garcia de Ferrando: «Revelaba las fotografías en la cocina de mi casa»

JULIO CARBÓ

Carme Garcia de Ferrando: «Revelaba las fotografías en la cocina de mi casa»

Gemma Tramullas

Lleva la cuenta de sus bisnietos, seis, pero hace tiempo que perdió la de las fotografías que tiene archivadas en casa, un tesoro oculto que, 50 años después, aún sorprende por su concepción innovadora. Coetánea de Francesc Català-Roca y Julio Ubiña, en unos días cumplirá 95 años.

–¿Recuerda su primera cámara?

–Era una Baby Kodak, una cajita de baquelita que compré en la calle de Ferran por 16 pesetas, ¡con estuche de piel y todo! Eso fue antes de la guerra, cuando aún estaba soltera, pero hacía fotos desde niña. Siempre me gustó mucho el arte.

–¿Pudo llegar a estudiar?

–Cuando estaba a punto de entrar en la Llotja, mi madre se quedó embarazada de nuevo y a los 13 años tuve que ponerme a trabajar para ayudarla. Luego estalló la guerra.

–Ya.

–Trabajaba en un taller de encuadernación, hacía un turno en una fábrica de armas haciendo la espoleta de las balas de mortero, era donante de sangre a cambio de un chusco y hacía ropa para enviarla al frente. Estaba tan agotada que cogí una tuberculosis que casi me cuesta la vida.

–Pero nunca dejó de hacer fotos.

–Siempre llevaba la cámara encima. Cuando mi madre murió de cáncer, en el 53, yo no quería quedarme en casa, necesitaba salir. Entonces vi el anuncio de un curso de fotografía para mujeres en la Agrupació Fotogràfica y me apunté. Pensé que si aprendía a revelar fotos en casa ahorraría dinero y podría hacer más.

–¿Las revelaba usted?

–Sí, en la cocina de mi casa de la calle de Avinyó, y yo misma me hacía los líquidos de revelado. Pesaba los ingredientes en unas balancitas como las que utilizaban los joyeros. En el 59 hicimos la primera exposición de fotógrafas aficionadas de España.

–¿Y de ahí no le salieron encargos?

–¡Huy, sí! Vino a buscarme una casa de licores francesa para que le hiciera la publicidad. Pero yo quería hacer lo que a mí me gustaba y no que me dijeran lo que tenía que hacer. Además, mi marido me advirtió de que la fotografía, como capricho, vale, pero nada más, y no quise hacerle enfadar. Luego me regalaba cosas para el laboratorio, ¿tú le entiendes?

–Él no llevaba bien su afición.

–No le gustaba. Yo soy Carme Garcia Padrosa y me puse su apellido, Ferrando, para firmar las fotos, para tenerle contento, pero ni así. También le enseñé a hacer cine, para que se entretuviera; pero, nena, aquello no se podía ver. Al pobre le hacía pasar por unos sitios... «¡Nos mataremos por culpa de la fotografía!», decía.

–Le tenía contento.

–Una vez me llevó a hacer una foto al rompeolas. El oleaje era muy fuerte y, a la vuelta, no podíamos salir, nos entraba agua en el coche. Por esa foto me premió el diario ruso Pravda.

–¿Ganó otros premios?

–Sí. En la Navidad del 62, cuando la gran nevada, me moría por salir con la cámara a la calle, pero tenía a toda la familia en casa y no podía. Entonces hice una foto desde el balcón. Aquella foto ganó el premio Lluís Navarro por su concepción moderna, ¡y la hice sin salir de casa!

–¿Qué tipo de fotos hacía?

–Retrataba a las vecinas de la escalera, las barracas de Montjuïc, cuando colocaron la imagen de la virgen en la cúpula de la iglesia de la Mercè... Pero lo que a mí me gustaba más era pensar la foto antes de hacerla.

–¿Por ejemplo?

–Una vez íbamos en el coche y una piedra rompió el parabrisas. Él empezó a soltar tacos, estaba muy enfadado. Yo saqué la cámara, tan tranquila, y fotografié el parabrisas roto. Yo allí veía un paisaje precioso. O esta otra foto, mira: ¿tú aquí qué ves?

–¿Una cara deformada?

–Parece un monstruo, ¿verdad? Pues son las aguas sucias de la desembocadura del Ter. No está manipulada, ¿eh? Es tal cual. Yo allí veía una cara. Siempre me ha pasado, siempre he visto cosas que los demás no ven. «Son ganas de gastar película», se quejaba mi marido.

–En la Agrupació Fotogràfica coincidiría con grandes maestros.

–Éramos muy amigos de Català-Roca, que tenía su estudio al lado de mi casa, y Julio Ubiña me daba clases. Miserachs también era muy bueno.

–¿Nadie le decía que sus fotos también eran buenas?

–Ay, nena. Entonces ni se miraban lo que hacíamos los mujeres.

–¿Sabe cuántas fotos tiene?

–No las he contado nunca, pobre de mí. Me dicen que las quieren para el Museu Nacional d'Art de Catalunya, pero quizá debería dejarlas al ayuntamiento, o a mis hijos, aunque a lo mejor las tiran. No sé qué hacer, pero mientras viva las quiero tener yo.

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