Ir a contenido

La reacción por la sentencia del Estatut

Yo no iré a la manifestación

Joaquim Coll

No hay nada más peligroso que forzar falsas unanimidades, y el catalanismo está hoy más escindido que nunca

Toda manifestación es un ejercicio legítimo y democrático, pero la del próximo sábado me parece políticamente un error porque puede acabar convirtiendo una victoria, incompleta si se quiere, pero una victoria al fin y al cabo, en un sentimiento final de derrota colectiva. No sé ver el propósito real de esta convocatoria y, en cambio, me parece que es una forma equivocada de fijar en la retina de los ciudadanos los contenidos de una sentencia que, a la espera de conocerla íntegramente, da la razón esencial a la constitucionalidad del Estatut.

Si la manifestación se convoca para subrayar de nuevo la falta de autoridad con la que los miembros del Tribunal Constitucional (TC) han emitido sentencia, entonces obviamente hemos llegado tarde. Recordemos que los partidos catalanes y el president Montilla no han hecho otra cosa en estos últimos meses que intentar aplazar un veredicto poniendo repetidamente sobre la mesa este argumento y apelando a la urgente renovación del TC. El prestigio de la máxima autoridad reflexiva de la democracia española así lo aconsejaba. Si la manifestación es una protesta ciudadana contra el hecho de que unos jueces enmienden la voluntad expresada por el pueblo en referendo, sinceramente entonces hay que reconocer que tenía razón Pasqual Maragall cuando a finales del verano del 2009 proponía hacer una manifestación preventiva. Más allá de la obviedad de que las protestas en la calle no resuelven los problemas. Pero en aquel momento se alzaron muchas voces diciendo que hacerlo era «poner la venda antes que la herida». Mayoritariamente, las fuerzas políticas y sociales catalanas optaron, pues, por esperar a conocer el contenido de la sentencia, presionando al mismo tiempo al TC con el argumento de su falta de autoridad, confiando en que así se vería obligado a respetar las líneas maestras del nuevo texto estatutario.

No sabemos la globalidad de los fundamentos jurídicos de la sentencia, pero en general empieza a ser mayoritaria la opinión de que el Estatut ha quedado, en términos prácticos, poco afectado. Los que durante meses afirmaron la inminencia de una castración química y física del Estatut ahora callan. Ni nación, ni lengua, ni símbolos nacionales, ni financiación o inversiones han sido declarados inconstitucionales. Se ha salvado la dignidad de Catalunya, se subraya desde los editoriales de los principales medios de comunicación catalanes. Y en los aspectos donde la sentencia recorta la voluntad de mayor autogobierno, particularmente en el ámbito de la justicia, la negociación política con el Gobierno español es una posibilidad abierta y real. Por otra parte, hay que recordar que no había prácticamente nada en el Estatut, fuera de las competencias exclusivas de la Generalitat, que no quedara condicionado de un modo u otro a la reforma de las leyes estatales. Por lo tanto, la parte interpretativa de la sentencia avanzada por EL PERIÓDICO no hace más que puntualizar la lógica del despliegue de lo que constitucionalmente no puede ser de otro modo; pienso en lo que se refiere a la modificación de los límites provinciales para introducir las nuevas veguerías. Esta prolijidad argumental se ha desplegado para rebatir el recurso de inconstitucionalidad del PP, pero seguramente también ha habido un exceso de celo del tribunal. En cualquier caso, fijémonos en que, una vez más, Catalunya ha hecho de motor de la profundización del modelo autonómico.

En términos de autogobierno el nuevo Estatut ha valido la pena, pero ha tenido que recorrer un trayecto horroroso que ha dejado graves heridas en el cuerpo social y político del país. Por eso ahora conviene rebajar la tensión emocional, sentimental, más que dedicarnos a fomentarla mediante una manifestación. De nada sirve ahora salir a la calle para gritar que el TC no debería haber tocado ni una coma del Estatut. La invocación del principio de justicia perfecta es una actitud que el nobel Amartya Sen, en la obra La idea de la justicia (2010), desaconseja porque no resuelve los conflictos institucionales de un mundo siempre imperfecto. En política, escribe Sen, es preferible el enfoque comparativo al institucionalismo trascendental. Pienso, pues, que la pregunta que hoy tenemos que formular es si con este nuevo Estatut, incluso tras las rebajas del TC estamos más cerca o más lejos de la España plural y federal que persigue el catalanismo. Para mí, la respuesta es inequívoca. E pur si muove!

Decididamente, hay que combatir la hipótesis soberanista que quiere convencer a la mayoría de los catalanes en el sentido de que el pacto de 1978 se ha roto, que el modelo autonómico es un engaño, que España nos roba, que PP y PSOE son iguales y que el perfeccionamiento federal es imposible. Sencillamente, nada de todo esto es verdad. Me parece que los implícitos de la manifestación del sábado van en esta dirección. Obviamente somos una nación y los catalanes, como cualquier otro pueblo que vive en democracia, serán lo que quieran ser. Pero hay que recordar que decidimos periódicamente desde 1977. No hay nada más peligroso que cuando se fuerzan falsas unanimidades. Y el catalanismo está hoy más escindido que nunca. La pelea sobre el lema, la pancarta y la senyera es algo más que una anécdota. Por todo esto, modestamente, me atrevo a decir: yo no iré.

Historiador.

0 Comentarios
cargando