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Siete x siete

La vida metida en cajas

Najat El Hachmi

Adaptables, siempre, tenemos que ser. A nuevas situaciones, nuevos trabajos, nuevas residencias. Que no significa otra cosa que estar dispuesto a reajustarse cuando las circunstancias ya no son las mismas. Se ve bien claro, estos días, que los que primero han sido conscientes del nuevo panorama económico son los que sobreviven. Como una señora de mi calle que se inventó meriendas a un euro y ahora no para de despachar bocadillos y pizzetas, o la que sustituyó el género de marcas de lujo por ropa asequible y sobrevive, o el albañil ampurdanés que encontró trabajo en Perpinyà y se desplaza allí cada día. Esto de la adaptabilidad es cuestión de talante, hay quien puede y sabe reaccionar al instante y quien está bien quieto deseando que la tormenta pase lo antes posible. Que todo vuelva a ser como antes.

¿Pero cuál es el límite? Hasta dónde tenemos que adaptarnos a nuevos escenarios? Los que ya hemos nacido con contratos de una hora bajo el brazo sabemos de qué va todo esto. Viendo que no podríamos hacer nada para controlar la sucesión de cambios sobrevenidos, nos lo hemos tomado con filosofía de vida, bandera generacional que nos ha hecho creer que saltar de un trabajo a otro era guay y nos hemos mirado a los aspirantes a contratos indefinidos con una cierta desconfianza. Extendimos esta itinerancia vital a bajo coste a amigos, a parejas, a casas donde hemos vivido. Felices hasta que toca hacer mudanza. Sí, un acto tan mundano y pesado resulta ser una confrontación vital mucho antes de aquel minuto previo a la muerte. Haciendo cajas recorremos años, personas, lugares y acontecimientos que se han ido sucediendo a veces con una rapidez de vértigo. Imposible deshacernos de ellas precisamente porque ahora solo las cosas físicas son capaces de testimoniar nuestro trajín de un modo mínimamente consistente. Los objetos acumulados, tan concretos y estables, nos permiten dibujar un trazado de la propia existencia. Son anclas, en definitiva, que nos ayudan a construir el relato de quién somos entre tanta virtualidad. O esto o es que todos sufrimos síndrome de Diógenes.

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