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El epílogo

Váyase, su señoría

Enric Hernàndez

Un «señor de Barcelona», de nombre Fèlix Millet, y su no menos insigne cómplice, Jordi Montull, han pasado esta noche en prisión. Que los saqueadores confesos de una institución como el Palau de la Música expíen entre rejas parte de sus pecados no debiera ser noticia. Si hoy merece tratamiento de portada no es tanto por la decisión judicial, acorde a la ley y al sentido común, como por la alarma social que suscita el trato de privilegio que la justicia ha dispensado hasta ahora a estos (presuntos) estafadores. El auto de la jueza que instruye el caso del hotel del Palau, Miriam de Rosa, finiquita los 12 meses de ominosa impunidad con que el juez titular del sumario matriz, Juli Solaz, ha obsequiado a Millet y Montull.

Tráfico de influencias y apropiación indebida. Esos son los cargos que la magistrada les imputa por haber maniobrado –con éxito– ante la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona para dar un pelotazo urbanístico en perjuicio, según se desprende de la querella, del erario. Noticia no muy alentadora para el conseller Antoni Castells y los concejales citados como testigos, que a partir del lunes tendrán la oportunidad de aclarar ante la magistrada cuál fue su grado de participación en esta turbia operación inmobiliaria.

Un juez a rastras

Sí se conoce, en cambio, el botín que los respetabilísimos timadores pensaban agenciarse con este chanchullo: 3,6 millones de euros. Por cierto, una cifra 10 veces inferior a la que, según las auditorías, sustrajeron a los mecenas y las administraciones que sustentan el Palau de la Música.

La diligencia de esta jueza, por lo demás, pone aún más de manifiesto la indolencia del juez Solaz, que a rastras imputó a Millet y Montull,

con injustificable retraso les tomó declaración y ya lleva un año permitiendo que otros ejerzan la labor de investigación que él tiene encomendada.

Despojado ya de coartadas procedimentales, al magistrado solo le quedan dos alternativas: o se pone al fin manos a la obra o cede la causa a otro juez con mayor presencia de ánimo. Si me permite el consejo, váyase, su señoría, mejor váyase.

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