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El turno

El engaño y las ambiciones de los dioses

Emma Riverola

Inmersa en la causa común que los exámenes de junio forjan entre padres e hijos, la semana pasada sufrí un ataque de los mitos griegos. Y, entre la tierra y el Olimpo, pensé que los mortales seguimos siendo víctimas de las ambiciones y los caprichos de nuestros dioses.

En 1985, miles de personas murieron en Bhopal, pero la avaricia de la industria química solo ha recibido, 25 años después, un cachete cómplice en la mejilla. El voraz dios del mercado financiero no cesa de marcar goles con la mano en la portería del Estado del bienestar mientras nosotros, en ausencia de árbitro, nos limitamos a abuchear desde las gradas. Las omnipotentes farmacéuticas estornudaron y los gobiernos de medio mundo gastaron fortunas en fármacos contra la gripe A que ahora crían polvo.

Mientras las divinidades se pasean por el mundo exhibiendo su invulnerabilidad, los humanos andamos como locos tratando de parchear los descosidos. Pero entre nosotros no reconocemos a ningún héroe griego. Nuestros políticos son mortales con ojeras enfrascados en cuitas desiguales. Cada día más pequeños, más inútiles ante una vorágine que quizá no saben, pero que tampoco pueden controlar.

Hace un par de años, los estados salieron en auxilio de los bancos con miles de millones a intereses de ganga. Ahora, el mismo sistema financiero rescata a precio de mercado, cuando no de usura, la deuda pública que contribuyó a engordar. ¿Los políticos lo han hecho mal? Seguro que sí. Pero cuando Zeus arroja sus rayos es difícil no correr de un lado a otro tratando de esquivarlos.

Sí, somos pequeños. Casi insignificantes. Y además arrastramos décadas de apatía social. Pero urge despertar. Despertar y recuperar palabras olvidadas como solidaridad, compromiso, activismo. Y, aunque nos cueste, convertir en héroes a nuestros líderes. Sean los que sean. Los actuales, la oposición o nosotros mismos. Si confundimos crítica con descrédito del sistema democrático, estamos renunciando a nuestro único mecanismo de defensa, ofreciéndonos como carne de sacrificio de los dioses insaciables. Esos a los que tanto llegamos a adorar y que ahora nos han expulsado del paraíso prometido.

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