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En sede vacante

El lugar donde aprender el secreto del tiempo

Josep Maria Fonalleras

Enric González dice, en Historias de Roma, que si no te enamoras de la ciudad sentado en la terraza del Caffé della Pace es mejor que lo dejes correr y te vuelvas a casa. Es cierto, igual que lo son las cosas que explica en un libro delicioso sobre su experiencia romana. No me gusta nada utilizar el adjetivo delicioso aplicado a nada. Creo que es un poco melifluo, excesivamente blando y etéreo. Pero este no es el caso. El libro de Enric es delicioso porque provoca delicia, es decir, un placer exquisito, intenso, que te transporta. A una Roma querida y conocida, un paisaje familiar del que nunca huiría y al que siempre deseo regresar. La literatura tiene esto: permite que fluyan y se recuperen las huellas antiguas y prevé otras nuevas. Enric, que domina los registros, traza un dibujo emotivo de los rincones y las estatuas, de los comerciantes y los cardenales, de los empedrados, los adoquines y los gatos. Pero aún va más allá. Consigue una transformación antropomórfica: hace que Roma sea una persona, «tiende a añorarse a sí misma. Por bien que se encuentre, siempre ha conocido mejores tiempos. Y los evoca a menudo».

Este es el secreto que se descubre en la Pace, ante la teatral fachada de Pietro da Cortona, o entrando en el Pantheon a primera hora de la mañana, o paseando ante la tumba de Keats o comiendo trufa blanca en Da Settimio o, por descontado, tomando un café en Sant'Eustachio. Estoy de acuerdo con Enric: si a ustedes no les parece que hacen el mejor ristretto del mundo, acabaremos mal. ¿Qué secreto esconde Roma más allá de esa melancolía íntima? Lo cuenta al inicio del libro: «¿Se pueden aprender la humanidad, la belleza, el tiempo? No, no creo. Pero si hay un lugar para intentarlo, ese lugar es Roma». No se lo pierdan. Se sentirán transportados.

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