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En sede vacante

El baile de los fantasmas de Fellini

Josep Maria Fonalleras

El lunes admitía que me sentía muy al margen de la gran expectación creada en torno al último capítulo de Lost. Desde entonces he recibido algunos mensajes de lectores aficionados a la peripecia de esta isla de supervivientes (¿supervivientes?) del accidente de avión más famoso de la historia de la televisión. El final ha generado todo tipo de opiniones. Hay a quien le ha parecido sensacional, «a la altura de una serie única, cautivadora», y los hay, como Maria García, que confiesan su decepción: «Me da rabia tener que admitirlo, pero es empalagosamente azucarado: ¡no es Lost!». Una persona que me merece tanto respeto como Jordi Balló, estudioso sagaz de la cosa audiovisual, de los argumentos y las tendencias estéticas, dice que «este final irreversible, definitivo, es el más contundente de todos los que ha habido en las grandes series de los últimos años». Me ha hecho gracia leer la opinión de Max Read, un estadounidense que Emilio López Romero citaba en su crónica de ayer: «En una clase de escritura creativa me enseñaron que lo peor es acabar con todos muertos».

En realidad, no quería hablar de Lost, sino de los finales. ¿Qué buscamos en ellos? ¿Certezas, contundencias, la pieza que falta en el puzle? ¿O, tal vez, acotaciones al margen, sutilezas, puntos suspensivos? El final solo es una manera de acabar. En el bien entendido de que las creaciones literarias y dramáticas tienen un límite, hay dos formas de llegar a él, que son, a la vez, el fruto de dos opciones narrativas radicalmente opuestas. En la primera, se trata de ofrecer claves para entender el mundo. En la segunda, se trata de enseñar que hay mundos que son así, que se acaban como si nada, sin sentido, sin lecciones. La primera parece una religión. La segunda... la segunda son los fantasmas de Fellini bailando cuando anochece, en la playa.

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