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En sede vacante

Poesía y prosa del 'president' Montilla

Josep Maria Fonalleras

Leyendo el discurso del president Montilla en el Senado, he tenido la sensación de estar escuchando a un profeta. En estricta etimología, prophetés se refiere, en griego, a aquel que habla antes en el tiempo. O sea, aquel que se adelanta a los acontecimientos. No es preciso que anuncie algo que acabará sucediendo sin remedio, sino que haga una radiografía de lo que puede llegar a ocurrir si alguien no lo remedia. Más bien avisa. El tono no es neutro, por supuesto: al hablar a sus contemporáneos dibuja el escenario futuro que se establecerá si esos contemporáneos no le ponen remedio. Este es el tipo de profeta que interpretó Montilla ayer. Con tonos bíblicos, con imprecaciones admonitorias y de raíz poética («Ay de aquellos que pretenden convertir una lengua en astillas, porque no calculan el alcance del fuego que pueden llegar a originar»), con exclamaciones doloridas por el presente («delicada situación», «está en riesgo el sentido y el alcance del pacto constitucional», «sería dramático que la lealtad de Catalunya no fuera correspondida», «crisis de la moral colectiva»), y con la habitual cita, claro, de Espriu.

Hace poco, Columna publicó una lectura crítica de La pell de brau. Muchos de los analistas que escriben rechazan que fuera un cántico político. Y, en todo caso, no había (ni hay) tanta ingeniería de puentes y caminos como siempre hemos creído. Hace 50 años, la posibilidad de entendimiento quizá ya nació muerta. Ahora, Montilla recupera la cita como el último tópico posible, pero con el aliento de la «frustración profunda» en la nuca. Montilla, sin embargo, no trabaja de profeta, sino de presidente. ¿Qué significa que no tiene la más mínima intención de «permitir quedarnos un milímetro más acá del Estatut»? ¿Cómo se traducirá un reto tan vigoroso en la prosa política de su Govern?

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