Ir a contenido

En sede vacante

Mi humilde propuesta de reforma

Josep Maria Fonalleras

No soy original si comparo las discusiones del Constitucional con aquel día de la marmota en el que Bill Murray se levantaba cada día con el peso de tener que repetir los mismos gestos, de ver las mismas caras y de pronunciar palabras idénticas a las del día anterior, hasta que alguien se decidía a romper el hechizo. No soy original, pero es que se trata de la mejor definición de los trabajos de la alta magistratura. Una recurrencia extrema, un déja vu exasperante, una cinta de Möbius, sin principio ni final, sin posibilidad de escapatoria. Podría ser que la iniciativa conjunta del Parlament desbloqueara la situación, pero también podría ser que la atrevida y revolucionaria actitud catalana (así es percibida, casi como un atentado al centro de gravedad institucional) funcionara como el beso de la princesa que rompe la maldición. Ahora quizá se darán prisa para encontrar, en el séptimo cielo, la séptima oportunidad de abandonar la rutina de la marmota.

Pase lo que pase, este tribunal hay que reformarlo. Podrían hacer como en algunos comités de disciplina deportiva, que constan de un solo miembro. Esta persona, a su aire, decide lo más justo, lo dicta, lo repasa, pasa por caja y olvida el asunto. El Constitucional debería ser un invento por el estilo. Se elige el presidente, que es también miembro, secretario, progresista, conservador, liberal, anticatalanista, republicano, monárquico e independentista. En seguida, una operación de cirugía estética le cambia la personalidad, abandona la familia, se recluye en un refugio de montaña y, conectado a internet, emite sentencias íntimas y anónimas junto al fuego o en plácidas noches de verano bajo el influjo del firmamento. Sé que tiene defectos mi composición, pero no es más absurda que las demás. Que esta que ahora sufrimos, por ejemplo.

0 Comentarios
cargando