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El fracaso de la consulta de Barcelona

Hereu, tras la Diagonal

Joan Tapia

Un pacto de gobierno con CiU habría sido positivo para el alcalde y para un PSC prisionero del tripartito

El referendo de la Diagonal ha fracasado. Solo fue a votar el 12% del censo y el 80% lo hizo contra las reformas propuestas. ¿Es, pues, el 16 de mayo el Waterloo de Jordi Hereu? Siempre se le puede quitar relevancia. La abstención por distritos muestra que el electorado socialista se ha movilizado menos que el de los dos partidos del centro-derecha. Y que estos han aprovechado la ocasión para un voto de sanción, ayudado también por la crisis económica. Pero para el alcalde supone una indudable pérdida de autoridad moral, lo que –a un año de las elecciones– no le favorece. No ha sabido sintonizar con la ciudad.

Sin embargo, la consulta no era un error. La distancia de la política que indican todas las encuestas aconseja incitar la participación. Y en Barcelona –donde, como en París, Londres o Nueva York, el turismo tiene relevancia económica–, que la Diagonal deje de ser un pasillo antipático para peatones, coches, transporte público y bicicletas, y devenga un gran eje ciudadano y comercial, tiene mucho sentido. Hacer de la Diagonal un paseo de Gracia bis –con tranvía o sin tranvía– es una asignatura pendiente.

¿Por qué, pues, ha mordido el polvo la consulta? ¿Por los fallos técnicos evidentes desde el primer día? Que Hereu no pudiera votar (y lo ocultara), que Fernández Díaz fuera suplantado y que Trias lo intentara varias veces decepciona. Pero es admisible en la primera consulta masiva por internet. La raíz del fracaso es que la pregunta era confusa y estaba mal planteada. La peatonalización surge de ICV. La consulta es una condición de ERC. Y la opción C (un despropósito, porque es un no genérico), una imposición de CiU. Y la ciudadanía no se siente interpelada por una consulta extraña y con mucho ruido.

Y todo pasó no tanto por culpa de Carles Martí, sino por razones más profundas. Una, que el nuevo equipo del PSC dio una respuesta precipitada y elemental –la panacea de la proximidad– a algo mucho más complejo, el desgaste por 28 años de exitoso ejercicio del poder.

Pero quizá el fallo principal es que un gobierno que quiera sintonizar debe comunicar y ello exige autoridad moral. El tripartito municipal la tuvo muchos años porque tenía un alcalde con poder y una mayoría clara. En la última etapa de Clos, y en la provisional de Hereu, la mayoría se agrietó. Pero tras las elecciones del 2007 todo se complicó.

Por las razones que sean (lucha interna), Jordi Portabella decidió que ERC no quería un pacto de gobierno, sino que daría mayorías gota a gota y sin compromiso. Era legítimo, pero la obligación del alcalde es tener una mayoría de gobierno. Solo así se puede pretender una política coherente y emitir mensajes nítidos. Y si ERC dinamitaba el tripartito municipal, Hereu debía intentar la gran coalición PSC-CiU. Gobernar tres años dependiendo del humor de Portabella (lo que también incita a ICV a anteponer su interés al del equipo de gobierno) ha fragilizado la credibilidad del alcalde. Ahí está la famosa no perrera de Pedralbes.

¿Por qué Hereu (y Martí) no quisieron el pacto municipal PSC-CiU, máxime cuando Trias, de la CDC centrista, no era un aliado imposible? Básicamente, por tres razones. Primero, por comodidad. Regatear con ICV y con ERC era una práctica habitual para el PSC municipal. Compartir el poder con CiU era salir de lo normal. Más laborioso. Segundo, por prejuicio ideológico. Para el nuevo PSC, menos burgués y más santiburcio que el de Maragall y Clos, el pacto con la derecha era anatema. Claro que habrían surgido conflictos, pero gobernar es decidir. Sin mayoría todo se empantana, y un alcalde nuevo debía adquirir autoridad. El tercer motivo es que la alianza Hereu-Trias podía complicar la vida al tripartito de la Generalitat. Pero así como Montilla puso los intereses del PSC por encima de los de Zapatero, Hereu tenía difícil adquirir peso político sin primar Barcelona sobre Montilla. Parte del atractivo de Maragall se debe a que tenía una visión propia, diferente de la de la Generalitat de Pujol. Hereu no debe ser contrincante de Montilla, pero sería bueno (para los dos) que transmitiera una visión propia de las cosas, no siempre coincidente.

La ‘gran coalición’ en Barcelona (no para echar a ERC, sino porque ella se excluía) habría sido positiva para Hereu. Y para el PSC, que ha quedado demasiado prisionero del tripartito. CiU baraja sin complejos tres alianzas (PP, ERC y PSC). ERC, dos (tripartito y gobierno nacionalista). El PSC, solo una (tripartito), lo que le cierra horizontes. El tándem Hereu-Trias le habría hecho ganar amplitud. Claro que la gran coalición habría tenido costes y exigido renuncias. Pero habría dado más estabilidad.

El domingo, Hereu perdió una batalla a la que se vio obligado por los inconvenientes de gobernar sin mayoría. Ahora afronta el fracaso recurriendo a dos gatos viejosCarnes y Escarp–, más atentos a la realidad que a la ideología. Está bien, pero Trias ha hecho algo revolucionario en los candidatos municipales de CDC –Millet (hermano), Trias Fargas, Cullell, Roca y Molins–, ha aguantado ocho años en la oposición. Ya no es un paracaidista de Pujol al que se lanza sobre Barcelona. Ahora todo está abierto.

Periodista.

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