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En sede vacante

Una noticia proustiana

Josep Maria Fonalleras

Es casi un grito en el desierto, una escena estremecedora y sangrante, dolorosa. Excesiva y grandilocuente, pero a la vez pensada desde la profunda convicción religiosa de quien ha pasado una vida llena de privaciones en un territorio hostil, una vida entregada al altruismo. Por eso duele ver cómo hay quien la trata con desmesura y con una punta de obscenidad. La figura de mosén Viñas con el torso desnudo, en la iglesia de Sant Miquel de Fluvià, es también la metáfora de un universo que se acaba.

Mosén Viñas ha sido misionero y ha predicado y trabajado en una América violenta y agitada. Ha dicho cosas que algunos no querían oír y ha criticado la estructura eclesial por haber dado la espalda al Vaticano II. Tiene un sentido del humor peculiar. Es un personaje peculiar. «También me faltan cuatro costillas», dijo hace años. «Supongo que en la resurrección estarán todas». Cree firmemente en una actitud que podríamos llamar penitencial, una especie de ofrenda personal que está por encima de la confesión estática y procedimental, y que recoge la esencia de la parábola del hijo pródigo: el arrepentimiento. Tengo la sensación de que no quiso escandalizar, sino ofrecer un testimonio de pureza absoluta. A su manera, según unos criterios íntimos y también teológicos. En cualquier caso, es un desnudo interior, una necesidad a medio camino, como me dice un amigo que lo conoce, de la imitación del ejemplo de Jesucristo y de las causas perdidas de Don Quijote.

Hablaba antes de una metáfora. Los sacerdotes que dibujaron una determinada forma de entender el país están aún en las trincheras, pero no tienen sustitutos. Es un adiós lánguido y digno. Pese a que se nos quiera hacer creer que pertenece a las páginas de escándalos, es, en realidad, una noticia proustiana.

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